Morvan y Manrique
Morvan y Manrique se acercan a la Casa del Tesoro de Heliogábalo acompañados por Antonio y Minion.
El edificio domina la plaza como una reliquia intacta del antiguo reino de Damara: enorme, solemne, construido en piedra negra y bronce, con columnas talladas con caravanas, barcos, minas, cosechas y juramentos de pago. No parece un banco, sino un templo dedicado a la idea de que todo, incluso la lealtad, puede ponerse por escrito.
A su alrededor se mueve el verdadero centro de la nación: cambistas, escribanos, prestamistas, mercaderes, guardias privados y criados con cofres sellados. Allí se custodian fortunas, herencias, contratos, deudas, rescates y secretos demasiado caros para dormir en una casa particular.
Minion alza la vista hacia las puertas.
"Qué sitio tan acogedor. "
Antonio le dedica una mirada seca.
"Calla."
Morvan ajusta su capa. Y suben los peldaños hacia el centro económico de Heliogábalo.
Dentro, la Casa del Tesoro resulta aún más fría que por fuera. Mármol oscuro, lámparas de aceite, mostradores de madera pulida y escribanos trabajando en silencio.
Un empleado se aproxima a ellos. Es un hombre delgado, bien afeitado, con jubón sobrio, cadena de plata al cuello y una sonrisa tan medida que parece calculada con ábaco.
Inclina la cabeza.
"Buenos días, mis señores. La Casa del Tesoro de Heliogábalo saluda vuestra presencia y se pone, dentro de los márgenes razonables de vuestra solvencia, a vuestra disposición. Decidme, si sois tan amables: ¿venís a depositar, retirar, avalar, custodiar, convertir moneda, registrar deuda, cancelar deuda, heredar deuda o descubrir que ya la teníais?"