Sierra, Fenrir y Anya
Al terminar, Sierra se coge del brazo de Fenrir con una naturalidad casi insolente. Anya camina a su lado con la cara cubierta por una tela oscura.
Descienden primero por los barrios bajos de Heliogábalo, donde las casas se apoyan unas contra otras. Hay soldados haciendo rondas. De vez en cuando apartan a algún mendigo de los soportales con un gesto cansado.
Poco a poco, el barro se convierte en piedra. Las fachadas se enderezan. Aparecen toldos, faroles, escaparates estrechos y carteles pintados con letras doradas que prometen honradez, calidad y precios justos, tres virtudes que rara vez se encuentran juntas bajo el mismo techo.
La zona comercial no es rica, pero aspira a serlo con una energía casi conmovedora. Los tenderos barren la entrada de sus negocios como si cada mota de polvo fuese una ofensa personal. Los aprendices corren con fardos de tela, cajas de especias, cestas de pan, rollos de pergamino. Un pregonero anuncia medias de lana de "máxima calidad".
Sierra señala con la barbilla una tienda encajada entre un herbolario y un establecimiento que vende cerraduras, llaves y, según el cartel, “los medios para abrirlas y para cerrarlas”.
Sobre la puerta cuelga un letrero:
"ROPA NUEVA, ROPA USADA, ROPA DE LUTO Y ROPA PARA VIUDAS RECIENTES"
Dentro se ven capas, vestidos, jubones, velos, sombreros, botas, cinturones y varios maniquíes.
"Ahí", murmura Sierra.
Pero al acercarse ven que el comerciante está ocupado. Muy ocupado.
Un hombre delgado, con bigote puntiagudo y un sombrero absurdo, se encuentra inclinado sobre el mostrador, hablando con gravedad.
"Lo que yo digo, señor Rúfolo, es que una capa “gris discreción” y una capa “gris deuda fiscal” no pueden costar lo mismo. Son grises distintos. Uno sugiere prudencia. El otro sugiere que alguien ha venido a preguntar por ti con un libro de cuentas."
El comerciante, un hombre calvo, redondo y con las manos eternamente ocupadas en medir cosas que no se mueven, parpadea con paciencia.
"Maese Pitorro, es el mismo paño."
"Eso diría alguien que no ha sido perseguido por recaudadores."
"Lo fue todo el barrio."
"Y por eso esperaba un poco más de sensibilidad cromática."
Sierra se queda mirando la escena.
Fenrir ve, casi al instante, que el tendero ha dejado sin vigilancia la mitad derecha del local. Sobre una mesa baja hay varias prendas dobladas: capas sencillas, túnicas de viaje, velos, pañuelos anchos, fajas, guantes. Nada lujoso. Todo útil. Justo el tipo de ropa que no llama la atención porque ha nacido para ser olvidada.
Anya también lo ve.
No dice nada.
Solo baja un poco más la cabeza bajo la tela.
Mientras tanto, el cliente sigue atacando.
"Además, necesito algo que diga “hombre respetable que acude a un entierro”, pero no “hombre que quizá causó el entierro”. Hay una frontera muy delicada ahí."
"¿Quién se ha muerto?", pregunta el comerciante.
"Todavía nadie. Por eso quiero estar preparado."
El comerciante cierra los ojos.
"Maese Pitorro…"
"La previsión es una virtud."
"La previsión no suele venir con una capa de luto antes del cadáver."
"Ahí disentimos usted y yo. Y posiblemente el cadáver, cuando llegue a serlo."
Sierra aprovecha el momento para entrar con paso tranquilo, todavía agarrada al brazo de Fenrir. No mira demasiado las prendas. No parece una ladrona. Parece una muchacha con un propósito claro y una paciencia limitada, que es una de las mejores maneras de pasar desapercibida en una tienda.