Todos
El grupo atraviesa la zona central de Heliogábalo siguiendo calles cada vez más estrechas y vivas. Atrás van quedando las avenidas antiguas, empedradas con bloques enormes gastados por siglos de transeuntes; los pórticos rotos donde aún negocian escribanos, cambistas y mercaderes envueltos en pieles caras; las fachadas de mármol ennegrecido que conservan estatuas sin nariz y balcones desde los que todavía se pretende mirar al mundo con dignidad imperial.
En las plazas mayores hierven los pregones. Se vende trigo, sal, vino aguado, herramientas, reliquias falsas y remedios peores. Funcionarios con tablillas discuten impuestos bajo columnas agrietadas mientras veteranos tullidos mendigan a la sombra de héroes olvidados. Más allá, templos medio vacíos compiten con casas de juego llenas.
Luego la ciudad empieza a descender.
Las calles empiezan a bajar hacia los barrios bajos, y con ellas cambia también el aire: menos incienso y más olor a grasa quemada, menos aroma a pergamino y más a humo, menos apariencia y más vida. Las casas se aprietan unas contra otras, de madera remendada y piedra. Hay ropa tendida entre ventanas, niños corriendo descalzos, mujeres pelando verduras en los umbrales y hombres que observan sin meterse en asuntos ajenos.
Entre dos edificios torcidos, colgando de una cadena oxidada, balancea un cartel pintado con una dama risueña enseñando una jarra. Debajo se lee: La Buena Ramera.
Dentro reina un calor agradable. Huele a estofado, cebolla, cerveza derramada y leña. Hay mesas robustas, bancos marcados por años de uso, un pequeño escenario al fondo y una clientela mezclada de carreteros, aprendices, soldados sin prisa y un anciano dormido sobre sus propias cartas.
Tras la barra aparece la dueña: una mujer de mediana edad, ancha de caderas, pecho generoso y brazos fuertes de cargar barriles. Lleva un vestido ajustado y práctico, de escote alegre pero sin vulgaridad, y se mueve con seguridad. A su edad conserva una lozanía campesina, color en las mejillas y unos ojos vivos que miden a sus clientes con desparpajo.
Les dedica una sonrisa amplia.
"Bienvenidos, viajeros. Si venís a beber, aún llegáis pronto. Si venís a comer, llegáis justo a tiempo."
Cuando mencionan a Matías, resopla divertida.
"Ese bribón siempre cerrando tratos con mi techo y mis ollas."
Se seca las manos en el delantal y los mira de nuevo, esta vez con mejores ojos.
"Dos monedas de oro al día por todos. Incluye comida decente, cama limpia y sitio para los caballos en el patio. Si uno de vosotros ronca como un ogro, eso se cobra aparte", bromea.