Sierra, Fenrir y Morvan
Sierra, Fenrir y Morvan salen del Gremio de Aventureros dejando atrás a la tiefling, que se queda en el umbral con cara de haba, mirándolos como quien acaba de oír una cosa y ver justo la contraria.
"¿Pero no ibais a entrar en el gremio...? ", alcanza a decir, más para sí que para ellos.
La puerta se cierra a su espalda antes de que nadie le dé una explicación convincente.
Fuera, Heliogábalo empieza a cambiar de piel. La luz del día se retira despacio de las fachadas altas, de los tejados empinados y de las viejas estatuas cubiertas de nieve sucia. Las calles, amplias cerca del gremio pero cada vez más torcidas conforme se alejan del centro, se llenan de ese rumor de ciudad grande que no duerme del todo: postigos que se cierran, ruedas de carro sobre piedra húmeda, campanas lejanas, voces de vendedores recogiendo los últimos puestos y el olor denso de pan caliente, grasa, sopa especiada y carne asada saliendo de tabernas y figones.
A los tres les ruge el estómago casi al mismo tiempo.
No han comido en condiciones desde hace días y Heliogábalo parece empeñada en recordárselo en cada esquina. En una callejuela, un hombre remueve un caldero humeante bajo un toldo. Más allá, una mujer corta lonchas de cerdo salado sobre una tabla ennegrecida. En la puerta de una posada, dos soldados comen de pie, con los guantes puestos, soplando sobre cuencos de guiso.
Pero no se detienen.
Siguen caminando mientras la ciudad se oscurece alrededor. Cruzan bajo arcos viejos, pasan junto a muros donde aún se distinguen relieves gastados de reyes muertos y santos sin nariz, y descienden hacia una zona más abierta, al norte de los barrios mercantiles. Allí las casas se separan, las calles se ensanchan y el viento frío arrastra olor a establo, barro y humo de leña.
Han oído que el Circo Soravio iba a acampar fuera de las murallas interiores, en una explanada usada a veces para ferias de ganado, mercados de invierno y ajusticiamientos menores: una plaza irregular, medio empedrada, medio comida por la tierra dura, situada junto a la antigua calzada occidental. No es un lugar noble, pero sí práctico. Hay espacio para carromatos, animales, tiendas grandes y suficiente tránsito como para que mañana media ciudad sepa que el circo ha llegado.
Cuando se acercan, ya no necesitan preguntar más. Lo ven desde antes de llegar. Luces. Movimiento. Voces. Y una música lejana, todavía desordenada, como si varios instrumentos estuvieran afinando sin ponerse de acuerdo.
Fenrir es el primero en apartarse del camino principal y buscar altura. A un lado de la explanada hay una pequeña elevación cubierta por una arboleda rala: robles viejos, hayas desnudas y algunos pinos retorcidos que el invierno no ha logrado desnudar del todo. Desde allí, entre ramas negras y troncos húmedos, se domina el terreno sin quedar demasiado expuestos.
Suben en silencio.
Desde arriba, la escena se despliega bajo ellos. El Circo Soravio ya ha llegado.
Varios carromatos forman un semicírculo en torno al centro de la explanada. Algunos son simples carros de carga, cubiertos con lonas enceradas; otros están pintados con colores vivos, aunque el barro y el viaje les han robado parte del brillo. Hay figuras doradas en los laterales, soles rojos, lunas con sonrisa torcida, animales fantásticos y letras ornamentadas que anuncian maravillas, acrobacias, fieras, prodigios y otras promesas baratas para bolsillos crédulos.
Una docena de hombres y mujeres trabajan montando las tiendas. Clavan postes, tensan cuerdas, arrastran lonas, descargan baúles. Una carpa principal empieza a levantarse en el centro, todavía flácida y a medio formar, como una bestia enorme saliendo despacio de la tierra. A su alrededor aparecen tiendas menores: una para los artistas, otra para los animales, otra quizás para vender entradas o baratijas.
Hay jaulas cubiertas con telas gruesas. De una de ellas sale un resoplido bajo, pesado, demasiado profundo para ser de un caballo. Cerca, dos mulas mastican heno con cara de resignación absoluta. Un muchacho flaco corre de un lado a otro con una cuerda al hombro mientras un hombre gordo con sombrero ancho le grita órdenes sin dejar de fumar en pipa. Una tiefling lanza cuchillos a un poste de madera, entrenando quizás su número.
Sierra observa con los ojos entornados, observando los personajes que frente a ella se despliegan.
Fenrir mira menos a la gente y más al terreno: dónde hay barro, dónde dejarían huellas, qué caminos llevan de vuelta a la ciudad, qué parte del campamento quedará peor vigilada cuando caiga la noche del todo.
Morvan, en cambio, contempla el conjunto con esa quietud suya, como si la explanada no fuera un circo sino un tablero.
Abajo, una mujer con capa roja se detiene un momento y alza la vista hacia la arboleda.
No parece haberlos visto. O quizá sí. El viento mueve las ramas desnudas sobre sus cabezas. Y, por primera vez desde que salieron del gremio, ninguno de los tres piensa en comida.