Todos
El posadero se retira con la misma naturalidad con la que ha llegado, y durante un rato el rincón que ocupan queda envuelto en una cierta discreción. El calor del hogar, el humo bajo de las velas y el murmullo de los viajeros componen un refugio sencillo, de esos que no prometen nada más que una noche tranquila y un plato caliente.
Sin embargo, no todo en la sala comparte esa paz.
Percepción: 3, 2 + bono de grupo. Éxito.
En un ángulo apartado, donde la luz apenas alcanza y las sombras parecen asentarse con mayor peso, hay una figura sentada que no participa del bullicio. No habla, ni bebe, ni muestra prisa alguna. Permanece inclinado sobre sí mismo, como si el mundo a su alrededor no fuera asunto suyo, cubierto por una capa oscura cuya capucha oculta casi por completo su rostro.
Solo de cuando en cuando, un leve resplandor rojizo surge bajo el borde de la tela: la brasa de una pipa, encendida con parsimonia. El humo asciende despacio, en hilos finos que se pierden entre las vigas ennegrecidas del techo.
Podría pasar desapercibido para cualquiera que no mire dos veces. Pero hay en su quietud algo deliberado. Y aunque la sala sigue llena de voces y movimiento, ese rincón sostiene un silencio propio.