Elian y Hano
Grajo escucha a Elian con una sonrisa cada vez más fina. Al mencionar la Casa del Tesoro, no se detiene, pero el bastón golpea el empedrado.
"Ah, la libertad de escoger contratos moralmente limpios", dice. "Hermosa idea. Casi juvenil. Les deseo que les dure."
Luego mira a Hano, divertido.
"Y una plantación de grelos. Eso sí que es una ambición sensata. Mucho más noble que hacerse matar por monedas, monstruos o viejas historias que alguien poderoso preferiría dejar bajo siete llaves."
Sigue caminando, con la vista puesta en la calle, pero la voz baja un poco.
"Sobre los kharuun… sí. No fue hace tanto. Media ciudad habló de saqueo, barbarie y sangre en los archivos. La otra media repitió lo mismo, pero más alto, para parecer mejor informada."
Hace una pausa.
"Mi impresión, por lo que se decía entonces, es que aquella mujer no buscaba tesoros. Buscaba una cantidad concreta. Eso no convierte un asalto en una misa, claro, pero cambia el tipo de pecado."
Grajo se atusa la barba gris con dos dedos.
"En cuanto a la espada… si quieren encontrar verdades en una biblioteca, no busquen romances ni crónicas. Busquen aburrimiento. Registros de incautación. Inventarios de bienes confiscados. Gastos de traslado. La historia suele mentir; la contabilidad, en cambio, solo miente cuando alguien se toma muchas molestias en ocultarlo."
Mira de reojo a Elian, amable otra vez.
"Si mañana va a la biblioteca, pregunte por los fondos administrativos del año del asalto. No por la líder kharuun. Pregunte por objetos requisados tras su captura."
Después inclina un poco la cabeza hacia Hano.
"Mi historia tiene poco acero, arquero. Muchos papeles, mucho sello y demasiados hombres importantes diciendo “es lo que figura en el contrato” mientras arruinaban a alguien sin mancharse los dedos."
Sonríe, cansado.
"Al final uno aprende que algunos monstruos no viven en las montañas. Algunos visten bien, llevan anillos y firman con tinta azul."
Al llegar a la posada ven a Sierra y Morvan, esperando fuera.