Manrique, Fenrir y Anya
Los dos guardias miran a Manrique con cara de pocos amigos.
"¿Tenemos cara de taquilleros?", dice uno.
"Anda pa’llá, bobo", añade el otro.
A Anya se le hincha una vena en la sien. Bajo el ropaje, la mano se le cierra despacio sobre la empuñadura de la espada.
Minion, muy serio, carraspea.
"La atención al visitante de este circo deja bastante que desear. Tendremos que hablar con Arvydas Thumbsell, el columnista cultural del diario de Heliogábalo, para dejar constancia en una reseña desfavorable."
Los guardias se miran. Parecen más fuertes que listos. Uno se rasca la cabeza. El otro duda, mira hacia la carpa y acaba balbuceando hacia dentro:
"Jefa… unos tipos quieren saber a qué hora empieza el espectáculo."
Hay un silencio.
Luego otro.
Entonces la lona se aparta.
De la carpa sale una tabaxi impresionante, alta, de pelaje oscuro jaspeado y porte de heroína de leyenda. Lleva un parche sobre un ojo, una capa corta sobre los hombros y varias cicatrices finas cruzándole el hocico y el cuello. No necesita levantar la voz para que los dos guardias se aparten.
Mira primero a Manrique, deteniéndose en su armadura. Luego a Antonio. Luego a Minion. Más tarde a Fenrir, evaluándole. Por último, sus ojos se detienen en Anya en quien clava su mirada.
"El espectáculo empieza a las siete. La taquilla abre a las doce", dice la tabaxi.