Elian y Morvan
En ese momento entra el bibliotecario.
Es un hombre mayor, de rostro afable y maneras distraídas, como si una parte considerable de él siguiera todavía en algún párrafo leído hacía veinte años. Lleva la chaqueta mal puesta, varios papeles bajo el brazo y una mirada amable pero un poco ausente.
Mesalina se adelanta enseguida.
"Buenos días, maestro."
Le toma la chaqueta con naturalidad, casi como parte de una rutina diaria. El hombre asiente, murmura un saludo impreciso y deja los papeles sobre su mesa.
Mesalina duda un instante antes de decir:
"Voy a salir un momento. No tardaré."
El bibliotecario vuelve a asentir, aunque no está del todo claro que la haya escuchado. Para cuando Mesalina cruza la puerta, él ya se ha inclinado sobre sus notas, hundiéndose en ellas.
Elian y Morvan, por su parte, no pierden más tiempo.
Con Mesalina fuera y el bibliotecario abstraído en sus estudios, ambos se internan en la sala de consulta y empiezan a seguir el rastro: incautaciones, tasaciones, traslados, depósitos judiciales, compensaciones posteriores al asalto kharuun.
Investigación: 4, 6. Éxito.
Tras unos minutos de búsqueda ingrata, Elian encuentra el primer hilo.
La espada no aparece como espada. En los registros principales de incautaciones solo figuran objetos menores: arreos, brazaletes, cuchillos curvos, piezas de plata y varios tejidos kharuun “sin valor comercial significativo”.
Pero Morvan, revisando una carpeta de gastos administrativos extraordinarios, se detiene en una anotación en particular:
“Custodia provisional de pieza ritual no catalogada. Origen: operación Kharuun. Remitida a depósito privado por incapacidad de valoración pública.”
La autorización está firmada por la oficina de Van de Gesloten Vuist.
Eso, en sí mismo, no prueba nada. La Casa del Tesoro tenía derecho a custodiar objetos de valor dudoso, sobre todo si nadie en la administración sabía tasarlos.
Pero el rastro se ensucia en el siguiente legajo.
Unas semanas después, la misma pieza aparece en una lista de traslado, ya no como “pieza ritual”, sino como:
“Objeto metálico largo. Valor administrativo no determinado. Estado: no localizado tras inventario secundario.”
No hay denuncia formal. No hay investigación abierta. Solo una nota marginal, escrita por otra mano:
“Consultar con L. M. antes de elevar pérdida.”
Elian frunce el ceño. La inicial no corresponde a Van de Gesloten Vuist, sino seguramente a uno de sus hombres: un agente menor, quizá un encargado de almacén o un tasador auxiliar.
Investigación: 6, 5. Éxito.
Morvan pasa la página y encuentra una referencia cruzada, breve y casi escondida, a una venta privada no registrada, fechada pocos días después del inventario secundario.
No figura como subasta pública. El encabezado es más ambiguo:
“Liquidación discreta de piezas sin valor fiscal definido.”
Entre los lotes aparece uno descrito de forma deliberadamente vaga:
“Antigüedad tribal. Hierro trabajado. Procedencia fronteriza. Pieza larga. Sin marca reconocida.”
No hay comprador oficial.
Solo una nota al margen, escrita con otra mano:
“Reservado por intermediario M.V.C. Pago parcial recibido. Entrega fuera de plaza.”