Sierra y Hano
Uno de los rufianes no le hace el menor caso, cortándole a Sierra cualquier vía de escape. El más alto, el de la cicatriz, se pega a ella con una sonrisa repugnante y, sin previo aviso, le agarra la mandíbula con una mano sucia y áspera.
Inclina la cabeza y le pasa la lengua despacio por la mejilla, dejando un rastro húmedo y caliente. El hedor es insoportable: alcohol, podredumbre, tabaco barato y sudor de varios días. Sierra siente cómo el estómago se le revuelve.
"Joder… qué piel más suave", gruñe él, casi contra su oreja, relamiéndose. "Sabes a cervatillo asustado. Me pone cachondo."
El otro rufián, sin embargo, deja de reír.
Durante un instante, el rufián ancho sigue mirando a Sierra con la misma codicia de antes. La ve apartarse la capucha, acercarse al de la cicatriz, desabrocharse la túnica lo justo para que la mirada se le vaya sola. Es demasiado bella para estar perdida en una calle así. Y no habla como una mendiga ni como una ramera barata, sino como alguien acostumbrado a que el mundo se aparte un poco cuando sonríe.
Al llegar Hano, habla y éste le mira. Mira las hachas. Mira el arco. Luego vuelve a mirar a Sierra, y algo en su cabeza termina de encajar. Una chica así, con ese porte, esa seguridad y un hombre armado siguiéndola de cerca, no es una presa perdida.
"Espera", dice el ancho, agarrando del brazo al de la cicatriz.
El alto gira la cabeza, irritado.
"¿Qué cojones haces?"
"Que esperes."
"¿Ahora te ha dado por ser amable con las señoritas?"
El ancho no sonríe.
"No. Me ha dado por pensar. Si un crío le ha robado la bolsa y ha salido corriendo por aquí, igual todavía podríamos saber por dónde ha tirado. Y si la bolsa pesa lo suficiente, podemos recuperarla después. Pero ahora mismo un rato con ella no vale lo que nos puede caer encima."
El de la cicatriz resopla.
"¿Por este?", dice, mirando a Hano de reojo.
"Por este, por ella y por quien venga detrás". El ancho baja la voz. "Mírala bien. Mira cómo habla. Mira cómo viste. Esta no es una perdida cualquiera. Ésta tiene gente detrás. Y ése ya ha venido a buscarla."
Hano da un paso más.
El de la cicatriz aprieta la mandíbula, rabioso, pero al final aparta la mano y retrocede medio paso.
"Bah", escupe. "Tampoco merecía tanto la pena."
El ancho tira de él antes de que diga algo más estúpido.
"Vamos."