Todos
Los dos rufianes se quedan mirando a Elian unos segundos.
Luego el ancho suelta una carcajada seca, incrédula, y el de la cicatriz se le une al momento, como si el mago acabara de contar un chiste especialmente fino.
"Escucha al señor. Viene a un muladar y cree que está en una mesa de palacio."
El ancho niega con la cabeza, divertido, aunque sin perder de vista a Hano.
"No es una negociación, amigo. Vosotros queréis algo de Barba Rala. Nosotros os decimos cómo se llega a él. Las condiciones son esas."
El de la cicatriz da un paso corto, sin acercarse demasiado.
"Os quedáis donde se os diga porque así sabemos que no nos seguís. Y porque si traéis a media compañía detrás, lo vemos venir. No tiene más misterio."
Señala a Sierra con una sonrisa torcida.
"Pueden ir dos, eso sí. Si uno de los dos es la chica."
El ancho se ríe por lo bajo.
"Al jefe le gusta alegrarse la vista de vez en cuando. Y la mayoría de mozas de por aquí tienen menos dientes que una rana."
El de la cicatriz abre las manos, como si estuviera siendo razonable.
"No os estamos pidiendo que os arrodilléis. Mandáis a alguien con la chica. El resto espera en la Plaza del Palomar, donde tenemos ojos que puedan veros. Si todo va bien, volvéis con una respuesta. Si intentáis seguirnos, se acabó el trato antes de empezar."
Luego mira a Elian con una sonrisa más estrecha.
"Y si Barba Rala quisiera mandar representantes a reunirse con cada forastero que viene prometiendo acuerdos, no sería Barba Rala. Sería un príncipe oriental."