Los dos rufianes los guían por la ciudad sin quitarles las vendas.
El ancho camina junto a Sierra y, para sorpresa de ella, se muestra casi cuidadoso. Cada vez que tienen que agacharse bajo una viga baja, cruzar un arco vencido o meterse por algún pasadizo estrecho, le pone una mano sobre la cabeza para evitar que se golpee.
"Cuidado ahí", murmura alguna vez, con una cortesía basta pero efectiva.
El de la cicatriz, en cambio, no tiene esas delicadezas con Morvan.
"Agacha la cabeza, nobleza", dice tarde, siempre demasiado tarde.
Morvan se golpea una vez contra un dintel bajo, luego otra contra una viga torcida, y el rufián estalla en una carcajada.
"Joder, qué poca costumbre tenéis de andar por calles estrechas, de verdad."
A su lado camina Erebia, silenciosa como una sombra. Lo hace tan cerca de Morvan que casi podría rozarle la manga, pero los dos rufianes no le prestan la menor atención. Para ellos, simplemente, no existe. Siguen hablando, empujando, riéndose y dando órdenes entre dientes, sin advertir la presencia que avanza con ellos por el laberinto.
La caminata se alarga más de diez minutos. Giran, tuercen, retroceden, se agachan, se detienen de golpe y vuelven a avanzar. A veces pisan piedra; otras, madera vieja; otras, tierra blanda y sucia. En algún momento cruzan una calle más abierta, porque el aire cambia y se oyen voces lejanas, pero enseguida los meten de nuevo en otro pasaje angosto.
Al fin, los rufianes se detienen.
Escuchan una conversación en voz baja. Una frase áspera. Una respuesta desde el otro lado. Luego el sonido de un cerrojo pesado al correrse.
Una puerta se abre.
Los hacen entrar en una casa que huele a polvo y aceite de quemar. Cruzan una estancia, luego otra. Bajo sus pies, el suelo cambia de piedra a losas más finas, aunque muchas están rotas. Después salen a un espacio abierto, donde el aire es más frío y húmedo.
Solo entonces les quitan las vendas.
La luz del atardecer les golpea los ojos al principio, pero no es una luz dorada. Es una claridad azulada, fría, de final de octubre, atrapada entre muros altos y ruinosos.
Están en un patio antiguo.
No un simple patio de vecinos, sino algo que debió de pertenecer a una casa importante, quizá a una vieja residencia imperial venida a menos. Aún quedan columnas de piedra, arcos delicadamente trabajados y restos de mosaicos en el suelo: fragmentos azules, verdes y blancos que alguna vez debieron formar peces, flores y aves de largo cuello. Ahora están partidos, cubiertos de barro y hojas muertas.
En el centro hay una fuente seca, agrietada, con una figura de mármol tan erosionada que ya no se distingue si fue una ninfa, una emperatriz o una santa. Las paredes están comidas por la humedad. En los balcones superiores cuelgan telas viejas, cuerdas, jaulas vacías y algún farol apagado.
Y, sin embargo, el lugar conserva una belleza triste.
En una esquina crece un viejo osmanto, torcido pero vivo, con pequeñas flores pálidas que perfuman el aire con un olor dulce, casi de miel y fruta madura. Ese aroma delicado resulta extraño en medio de la ruina, como si el patio recordara todavía lo que fue antes de convertirse en guarida de ladrones.
El rufián ancho se aparta de Sierra y levanta las manos.
"Ya estáis."
El de la cicatriz, todavía riéndose por lo bajo, le da una palmada a Morvan en el hombro.
Los conducen hasta el otro extremo del patio, donde un arco de piedra se abre bajo una galería medio hundida. Las dovelas aún conservan restos de relieves antiguos: hojas de laurel, aves imperiales, rostros casi borrados por la humedad y el tiempo.
El rufián ancho empuja una puerta doble, tan vieja que parece sostenerse solo por costumbre. Al otro lado se abre una sala enorme. Enorme de verdad.
Una antigua estancia de piedra, quizá salón de audiencias o sala de banquetes en otro tiempo, levantada para hombres que se creían eternos. El techo se pierde varios metros por encima de sus cabezas, sostenido por columnas agrietadas. En las paredes aún quedan fragmentos de frescos desvaídos: soldados con lanzas, mujeres con coronas de flores, emperadores sin rostro. El suelo, de grandes losas oscuras, está roto en varios puntos y cubierto por alfombras raídas, braseros, cajas, barriles y armas apoyadas contra los muros.
Al fondo de la sala, sobre un entarimado tosco montado encima de los restos de una vieja plataforma imperial, hay un trono de piedra. No parece cómodo ni pretende serlo. Es una pieza antigua, severa, con los brazos gastados por siglos de manos muertas.
Sentado en él está el hombre bajito. Estrecho de hombros, con una oreja cortada casi a ras del cráneo y una barba miserable, rala, apenas cuatro mechones oscuros mal repartidos por la mandíbula.
Barba Rala.
No necesita presentarse. El lugar lo presenta por él.
A su alrededor, colocados con más inteligencia que disciplina, hay una docena de rufianes. Algunos apoyados en columnas, otros cerca de las puertas laterales, dos en una galería superior con ballestas descansando sobre la piedra. No forman una guardia uniforme, pero cubren todos los ángulos importantes. Cuchillos curvos, hachas cortas, porras con clavos, espadas melladas. Hombres feos, hambrientos y acostumbrados a obedecer rápido.
Barba Rala observa a Sierra y a Morvan desde su asiento, sin levantarse. Primero mira a Sierra. Luego a Morvan. Después a las vendas que los dos rufianes aún sostienen en la mano. Nada en su expresión indica sorpresa.
"¿Qué me traéis?"
El de la cicatriz abre la boca, pero tarda un segundo de más en encontrar las palabras.
"Jefe, estos…"
El ancho se adelanta medio paso y toma la palabra antes de que su compañero termine de estropearlo.
"Son parte de una compañía que ha entrado en los tugurios. Tienen pinta de capaces y peligrosos. El resto están en la Plaza del Palomar, vigilados por los críos. Estos dos vienen como representación. Querían hablar contigo, jefe."
Barba Rala no responde enseguida.
Los estudia unos segundos más. Su mirada se posa en las botas de Morvan, en la ropa de Sierra, en sus manos, en sus armas, en todo lo que no encaja con la mugre del barrio.
Luego hace un gesto leve con la mano.
"Pues ya que se han molestado en venir hasta aquí", dice, "que hablen."
Se recuesta un poco en el trono de piedra, sin apartar los ojos de ellos.