Barba Rala escucha a Morvan sin interrumpirle. Se limita a mirarlo desde el trono de piedra.
"Veréis…", dice al fin.
La palabra sale despacio. Casi amable.
Barba Rala se acomoda en el asiento, apoyando una mano sobre el brazo gastado del trono.
"Yo nací en este agujero. No en esta sala, claro. Esta sala era para gente con apellidos, criados y zapatos limpios. Yo nací entre callejones donde una rata gorda valía más que un niño flaco, porque la rata al menos podía acabar en la olla y el niño la mayoría de las veces, no."
Algunos de sus hombres sonríen por lo bajo. No mucho. Conocen la historia, o partes de ella.
"Entonces apareció Corvino. No era tan viejo, pero ya era cuervo. Siempre lo fue. Miraba desde arriba, esperaba, picoteaba donde otros dejaban restos… y se llevaba cosas brillantes cuando nadie prestaba atención."
Una sonrisa breve le cruza la boca.
"Trabajaba para la Casa del Tesoro. Tenía llaves, sellos, hombres que le abrían puertas y otros que bajaban la voz cuando pasaba. Para un crío de los suburbios, aquello era casi como ver a un príncipe. Solo que los príncipes no se manchan los zapatos aquí abajo, y él sí lo hacía."
Barba Rala baja la mirada hacia sus propias manos.
"Me daba pan algunas noches. Una manta cuando el invierno apretaba. Una moneda si le contaba qué carretero había entrado por la puerta norte, qué capitán bebía donde no debía, qué cambista había contratado matones o quién mandaba ahora en el tugurio."
Levanta los ojos de nuevo.
"No lo hacía por caridad. La caridad es una historia que cuentan los ricos para dormir mejor. Corvino pagaba por ojos y oídos. Pero pagaba. Y a veces eso basta para que un crío hambriento confunda deuda con afecto."
La sala queda un poco más silenciosa.
"Con los años, él subió por escaleras de mármol y yo por escaleras de mierda. Cada cual usa los peldaños que tiene. Él se metió en los libros, las bóvedas, los nombres escritos con tinta cara. Yo aprendí quién robaba, quién mandaba, quién fingía mandar y quién era capaz de clavar una navaja por media hogaza de pan."
Barba Rala se inclina hacia delante.
"Y Corvino tenía ideas. Muchas. Demasiadas para un hombre que trabajaba contando el oro de otros. Decía que una ciudad no podía vivir siempre con los mismos comiendo faisán y los mismos lamiendo huesos. Que los hombres de los muelles, los cargadores, las putas, los aguadores y los matarifes tenían tanto derecho a Heliogábalo como las familias que se reparten sus impuestos."
Uno de los rufianes resopla, incómodo.
Barba Rala no lo mira. Solo levanta un dedo, y el hombre calla.
"Palabras hermosas. Palabras peligrosas. Las palabras hermosas siempre acaban pidiendo sangre a alguien que no las inventó."
Su mirada vuelve a Morvan.
"Así que sí. Si lo que me decís es que el Viejo Cuervo tiene enemigos entre los poderes de esta ciudad, no me estáis descubriendo el sol. Corvino lleva media vida fabricándose enemigos. Algunos porque lo merecen. Otros porque él no sabe vivir sin una guerra que parezca justa."
Hace una pausa. Entonces sonríe. No es una sonrisa alegre.
"Pero hay una cosa que no encaja en vuestra historia."
El aire de la sala cambia se hace más denso. Barba Rala mueve una mano sobre el brazo del trono. Un gesto mínimo, casi casual.
Dos hombres junto a las columnas se desplazan un paso, lo justo para cubrir mejor la puerta por la que han entrado. Arriba, en la galería, una ballesta se inclina un poco más hacia el suelo de la sala. Otro rufián deja de apoyarse contra la pared. El acero no sale del todo, pero asoma lo suficiente para que todos lo vean.
El de la cicatriz se aparta de Morvan, con una sonrisa torcida, y baja la mano al pomo de su arma. El ancho hace lo mismo, más sereno, más listo.
Barba Rala sigue hablando como si no hubiera pasado nada.
"Habéis dicho “el antiguo dueño de la Casa del Tesoro”."
Tamborilea una vez con los dedos sobre la piedra.
"Eso es curioso."
Mira a Sierra, luego otra vez a Morvan.
"La Casa del Tesoro no tuvo un antiguo dueño. No como lo estáis contando. Siempre ha pertenecido a los Van de Gesloten Vuist. Padres, hijos, sobrinos, ramas laterales, nombres nuevos sobre sellos viejos… pero la misma mano cerrada sobre la misma garganta."
Su sonrisa se afila un poco.
"Algunos dirían que incluso ha pertenecido siempre al mismo Van de Gesloten Vuist, si entendéis la clase de cosas que se murmuran cuando baja el sol y los criados han bebido demasiado."
No explica más.
"Corvino no era dueño de esa casa. Era importante, sí. Tenía llaves. Tenía archivos. Sabía qué puerta abría qué escalera y qué escalera llevaba a una sala que no figuraba en ningún plano. Pero no era el señor de la Casa del Tesoro."
Barba Rala se recuesta despacio. Sus hombres ya no fingen indiferencia.
"Vuestra mentira no me ofende. Todos mentimos. Yo miento. Mis hombres mienten. Los niños de la plaza mienten. Lo que me preocupa es que vuestra mentira viene envuelta en palabras nobles."
Su mirada se clava en Morvan.
“Devolver la espada a quien pertenece.” Muy bonito. Muy recto. Muy de hombre que quiere dormir con la conciencia tranquila. Casi podría haberlo dicho Corvino."
Inclina la cabeza. La sala queda inmóvil. Barba Rala baja la voz.
"Así que vamos a hablar como hombres que ya han dejado atrás la primera mentira."
Apoya ambas manos sobre los brazos del trono de piedra.
"¿Quiénes sois realmente? ¿Quién quiere realmente esa espada? ¿Y qué gana Barba Rala dejando que sigáis con vuestra misión?"
Los hombres de Barba Rala desenvainan ya las espadas.