Morvan y Sierra dejan las armas en el suelo.
Los hombres de Barba Rala se les acercan al momento y los registran a conciencia. No hay ensañamiento, pero tampoco delicadeza. A Morvan le quitan la armadura ligera, las armas, el bastón ritual y cualquier bolsa que pueda ocultar componentes. Uno de ellos encuentra la calavera colgada del cinto y la arranca sin preguntar.
"Por si acaso", gruñe.
A Sierra le arrebatan el dinero, la daga de Thay, el rosario de Ilmater, la poción, las hierbas y todo lo que pueda servir para algo más que decorar. En menos de un minuto ambos quedan reducidos a ropa ligera, sin armas, sin protecciones y sin recursos visibles.
Después traen unos cepos de hierro negro, pequeños y feos. No son mágicos ni elegantes: solo piezas baratas para inmovilizar los pulgares contra la palma e impedir gestos precisos.
Se los cierran con un chasquido seco.
Barba Rala los mira desde el trono.
"Con eso basta. La magia necesita manos. Una vez esté en la mansión de Van de Gesloten Vuist, ya no será nuestro problema."
Luego les atan las muñecas, les cubren de nuevo la cabeza y los empujan hacia uno de los arcos laterales.
Esta vez ya no los guían. Se los llevan.
"¿Qué hacemos con los que esperan en la plaza, jefe?", pregunta el rufián ancho.
Barba Rala no aparta la vista de Morvan y Sierra mientras se los llevan.
"Da el chivatazo", dice al fin. "Que los críos salgan de la plaza y que Sebastián meta a los suyos en la fábrica. No quiero a nadie nuestro en la calle cuando llegue la guardia. "
El ancho frunce el ceño.
"¿La guardia?"
"La guardia de la ciudad", confirma Barba Rala. "Diles que Barba Rala les invita, que hay una compañía armada en la Plaza del Palomar. Que son aliados del Viejo Cuervo y que parecen tener tratos con los Kharuun. "
Hace una pausa, breve pero suficiente para que el otro entienda el peso del encargo.
"Y diles que traigan magos."
El de la cicatriz suelta una risita por lo bajo, pero Barba Rala lo corta con una mirada.
"No quiero héroes muertos en mis calles si puedo venderlos vivos a otro. Que se encarguen ellos."
El ancho asiente, entendiendo al instante.
"¿Y si se resisten?"
Barba Rala se recuesta en el trono de piedra.
"Entonces mejor todavía. La guardia siempre paga más cuando puede decir que ha salvado la ciudad de algo."