Los sacos siguen cubriéndoles la cabeza cuando los empujan hacia delante. Bajo las botas, la tierra húmeda da paso a grava, y la grava a piedra bien cortada. El aire cambia también.
Unas puertas se abren con un crujido grave.
"Sebastián", dice una voz desde algún punto frente a ellos. "Llegas tarde."
"Y, aun así, llego", responde Sebastián, con esa calma que parece no abandonarle nunca. "Enteros, además. Más o menos."
"El señor no aprecia los “más o menos”."
"Nadie aprecia nunca mi parte artística."
Hay un silencio incómodo. Los hombres de la mansión no ríen.
Sierra y Morvan notan que los detienen. Alguien les revisa las ataduras, los sacos, las mordazas, los cepos de los dedos. Manos expertas, como si comprobaran mercancía.
"¿Alguna incidencia?", pregunta la misma voz.
"Varias", dice Sebastián. "Pero ninguna que os concierna."
"Todo lo que entra en esta casa nos concierne."
Sebastián deja escapar una pequeña risa nasal.
"Qué frase tan bonita. Deberíais bordarla en las servilletas."
Otro silencio. Esta vez más frío.
"Tu trabajo termina aquí."
"Eso esperaba."
Los cautivos sienten cómo cambian de manos. Los hombres de Sebastián se apartan; otros los sujetan ahora. Más rígidos. Más disciplinados.
Antes de marcharse, la voz de Sebastián se acerca un poco.
"Recordad lo que os he dicho. Haré llegar el mensaje, siempre que la noche no se ponga demasiado caprichosa."
Luego sus pasos se alejan.
"Cuidadlos bien", añade desde algún punto de la entrada. "Valen más vivos que muertos. Al menos de momento."
Las puertas vuelven a cerrarse. A partir de ahí, la mansión se los traga.
Los conducen por pasillos largos, demasiado silenciosos para una casa tan grande. El suelo de mármol devuelve el eco de cada paso. Hay olor a madera encerada, a flores secas, a incienso caro. De vez en cuando, tras el saco, distinguen el resplandor de candelabros, sombras que se apartan, puertas que se abren antes de que nadie las toque.
Finalmente los obligan a sentarse. Sillas firmes. Madera noble. Una mesa larga frente a ellos.
Entonces les quitan los sacos. La luz les hiere los ojos durante un instante.
Están en una sala vasta, casi teatral. Una estancia circular o tal vez octogonal, tan amplia que la mesa parece un escenario colocado en su centro. Sobre ellos, un segundo piso rodea toda la habitación: una galería concéntrica con barandilla de hierro negro, desde la que varios criados y guardias observan sin disimulo. A un lado, una gran escalera curva asciende hasta esa balconada, dividiendo la sala como una lengua de piedra.
Abajo, junto a las paredes, hay sirvientes inmóviles, de brazos cruzados. No parecen criados domésticos. Parecen muebles con ojos. Hombres y mujeres vestidos con librea oscura, quietos, atentos.
Les quitan las mordazas. Después las ataduras. Luego, con una llave pequeña y precisa, los cepos de los dedos.
Durante un segundo, la libertad parece una posibilidad. Solo durante un segundo.
Sierra lo nota primero. Ese vacío extraño en el pecho. Esa ausencia donde debería estar el impulso de la magia. Morvan también lo siente: la chispa no responde, la voluntad no prende, el mundo parece sordo.
Al bajar la mirada, lo entienden.
Bajo sus sillas, grabada en el suelo de mármol, hay una runa enorme. Líneas negras incrustadas en la piedra, círculos dentro de círculos, símbolos partidos como dientes. La mesa entera está colocada sobre ella. No es una decoración. Es una jaula. Una jaula sin barrotes.
Al otro extremo de la larga mesa, un hombre los observa. Van de Gesloten Vuist.
Viste como un noble de otra época, o como la caricatura cruel de uno. Casaca clara, bordados de oro envejecido, cuello alto, encajes en las mangas. Lleva el rostro empolvado hasta casi parecer una máscara, una peluca blanca perfectamente rizada y los labios pintados de un rojo intenso, obsceno bajo la luz de los candelabros. En una mejilla luce un pequeño lunar postizo. Sus dedos, cargados de anillos, descansan sobre la mesa con una delicadeza casi femenina.
Pero sus ojos no tienen nada de delicado. Son fríos y pacientes. Los mira como quien estudia una pieza de porcelana antes de decidir si merece vitrina o martillo.
"Permitidme que me presente como corresponde, aunque las circunstancias sean algo pobres en cortesía. La gente me conoce por Lord Van de Gesloten Vuist, señor de esta casa, custodio de ciertos intereses regionales y, para vuestra desgracia inmediata, el hombre que decide qué ocurre con vosotros esta noche."
Uno de los sirvientes se adelanta en silencio y sirve vino en una copa frente a él. Solo frente a él.
Percepción de Morvan: 3, 2. Fallo.
Percepción de Sierra: 1, 2. Fallo.
Van de Gesloten Vuist no bebe. Ni siquiera mira la copa.
"No estáis en una tesitura que permita demasiadas fantasías. No podéis salir de esta sala. No podéis recurrir a vuestra magia. Y, por lo que me cuentan, quizás ya no os queden aliados vivos."
Inclina la cabeza ligeramente.
"Así que vamos a ahorrarnos el teatro."
Sus ojos se detienen en ellos, uno por uno.
"La espada de los Kharuun".
Sonríe entonces. Muy poco. Solo lo justo para enseñar que la cortesía también puede tener filo.
"Hay una conspiración entre manos. Una conspiración que apesta a estepa y ambición tribal. Y vosotros estáis demasiado cerca de ella para fingir que pasabais por allí."
Apoya las yemas de los dedos sobre la mesa.
"Así que hacedme el favor de escupirla."
La sala permanece en silencio. Desde la galería superior, varios rostros se inclinan sobre la barandilla.
Van de Gesloten Vuist continúa mirándolos como un depredador.
"¿Qué queréis de los Kharuun? ¿Qué quieren ellos de vosotros? ¿Y por qué alguien ha tenido la insolencia de intentar robarme lo que es mío?"