A Elian le costaba conciliar el sueño aquella noche: Antonio y Minion habían muerto. Anya también, después de todo el esfuerzo en Praka por sacarla de la prisión, ¿qué le dirían a Grutko cuando los buscara? Si lo pensaba con frialdad en realidad no la necesitaban a ella, sino a alguien capaz de empuñar la espada de los kharuun, pero ¿la conseguirían o encontrarían a alguien capaz de ocupar su lugar?
Fenrir había desaparecido y quizá no volviera con ellos, y no sabían qué había pasado con el señor Barcelo y Sierra: podían estar muertos, o prisioneros, y eso casi se lo deseaba menos que la muerte pensando en lo que les harían si los atrapaban.
Y lo que más temía es que fuera culpa suya: sabían que había gente volviendo por el camino por el que se habían ido a ver a Barba Rala, ¿y si eran ellos, huyendo? ¿Y si los habían dejado vendidos ante los enemigos que venían a la plaza por el otro lado? ¿Y si juntos pudieran haberles hecho frente, en vez de huir como ratas por los tejados?
Sin Anya, el futuro de la Rebelión era mucho más complicado. Sin el señor Barcelo, directamente sería inexistente. Él había tenido dudas de enfrentarse al barón desde el principio, sin tener claro que las ventajas compensaran el coste de una guerra civil así. Había seguido por inercia, por saber que derrocar al barón no podía considerarse algo malo, pero no era tan estúpido como para suicidarse si veía que seguir adelante era poco menos que imposible. Quizá con una fe ciega en el propósito, con un grupo unido comprometido, pero ese compañerismo tampoco había existido: nadie había estado dispuesto a morir por los demás. Bueno... se engañaba: Anya y Antonio sí lo habían estado, pero ahora estaban muertos. No era justo.
Intentó dejar de pensar en eso. Cerró los ojos buscando que el sueño le alejara de la realidad de aquella noche.
--Me habría gustado ver tu gran debut, Hano. Seguro que teníais pensado un número entretenido y espectacular.