Sebastián se cubre la cara con una mano y permanece así unos instantes. Después la desliza lentamente hacia abajo, como si intentara borrar de su expresión todo lo que acaba de escuchar.
"Pensaba que no ibais a contarme nada", dice, mirando primero a Urko y después a Porunn. "De hecho, estaba bastante satisfecho con esa parte del acuerdo."
Urko se encoge de hombros. Porunn ni siquiera parece arrepentida.
Sebastián suspira.
"En fin. Supongo que ya es demasiado tarde para desoír lo que acabo de escuchar. Ahora tendréis que confiar en que no os traicione."
Deja que el silencio se prolongue un poco más de la cuenta. Luego sonríe.
"Tranquilos. No tengo intención de hacerlo. Por ahora. De hecho, algunas de las cosas que habéis dicho me interesan."
Se inclina sobre el mapa y apoya las manos en la mesa.
"Empecemos por la mansión de Van de Gesloten Vuist. Asaltarla me parece un suicidio todavía mayor que el otro suicidio que estáis considerando: asesinar al barón."
Levanta un dedo.
"Osric es mi principal cliente, por cierto."
Sonríe como si acabara de recordar un detalle sin importancia. Urko deja escapar una risita nasal. Sebastián lo ignora.
"La mansión es un lugar extraño. Demasiado grande y demasiado protegida para ser únicamente una residencia. Tiene varios pisos sobre el nivel del suelo y, según quienes han trabajado allí, casi otros tantos por debajo. Hay pasillos que no aparecen en los planos, escaleras que terminan ante muros y puertas que solo se abren desde el otro lado."
Señala con un dedo la ubicación de la propiedad, apartada de las murallas de Heliogábalo.
"Cuenta con guardia propia, hombres que cobran demasiado bien como para aceptar sobornos pequeños. Hay runas que hacen la magia más débil en algunas habitaciones, trampas en el interior y sirvientes que ven mucho más de lo que parece. Y luego están las historias."
Sebastián alza la mirada.
"Criaturas ocultas en los niveles más profundos. Prisioneros que desaparecen sin pasar por los calabozos. Lo habitual en cualquier casa noble respetable."
Su sonrisa se afila.
"Necesitaríais un ejército para entrar por la puerta principal, llegar hasta vuestros amigos y volver a salir. Y aun con un ejército, recomendaría llevar otro de repuesto."
Pasa el dedo por el mapa hasta la fortaleza del barón.
"Después tenemos el magnicidio. Otro suicidio, aunque uno con mejores canciones si, por algún milagro, sale bien."
Se endereza.
"Mi consejo sigue siendo el mismo. Si conseguís rescatar a vuestros compañeros, abandonad Damara. No el día siguiente ni después de despediros de vuestros amigos: inmediatamente. Marchaos a la Costa de la Espada, a Amn, a Puerta de Baldur, a Daggerford o a cualquier lugar donde los nombres de Osric, Van de Gesloten Vuist, Barba Rala y el Gremio de Asesinos de Galena no signifiquen nada."
"Ahí entramos nosotros. ¡Nosotros, nosotros!", interrumpe Urko, golpeándose el pecho con el pulgar.
Sebastián cierra los ojos.
"Naturalmente."
El goblin enseña los dientes en una sonrisa orgullosa y da un paso hacia la mesa.
"La señorita bonita con cuernos y Urko hemos sido del Gremio. Años, muchos años. Bueno, no tantos para ella. Ella envejece bonito. Urko envejece como leche fresca."
Porunn lo mira de reojo.
"Después de caer los Kharuun, entramos a trabajar para ellos", continúa el goblin. "Trabajar de verdad. Cuchillo, sombra, esperar en tejados con frío… esas cosas. Pero también escuchar. Orejas abiertas, boca cerrada y bolsillos preparados."
Se señala una oreja.
"Queríamos saber qué se cocinaba dentro de Damara. No la comida. La otra cosa. Secretos. Traiciones. Gente rica pagando para que gente pobre mate a otra gente rica."
Sebastián mueve una mano, invitándolo a abreviar. Urko hace como si no lo viera.
"Nuestro confidente dijo que Osric contrató al Gremio. Quiere que hagan lo que guardias y soldados no pueden hacer sin ensuciar su nombre. Matar lejos. Matar callado. Matar gente que después parece que cayó por escalera."
Su sonrisa desaparece durante un momento.
"Por eso entramos. Para ver qué quería el barón, a quién quería muerto y cuándo. A Porunn no le gusta Osric. A Urko tampoco. Osric es hombre malo, malo de verdad."
Mira a Porunn buscando aprobación y después vuelve la vista hacia los demás.
"Merece castigo grande. Más grande que quedarse sin postre. Más grande incluso que meterle una rata en los pantalones, aunque eso sería buen principio."
Sebastián ladea la cabeza.
"Conmovedor."
"Pero matar barón…", Urko hace una mueca y mueve una mano de un lado a otro. "Matar barón es plan malo. Plan de humanos valientes, que es otra forma de decir humanos muertos."
Se inclina sobre el mapa y clava una uña sucia en la Plaza Mayor.
"Si Osric viene a ver cómo cuelgan a vuestros amigos, vendrá con guardias delante, guardias detrás, guardias que veis y guardias que no veis. Arqueros en los tejados, magos entre la gente y soldados cerrando las calles. Porque no será solo una ejecución. Será cebo."
Urko dibuja un círculo alrededor de la plaza con la punta de la uña.
"Pero también será de las pocas veces que el barón salga de su agujero y se quede quieto en un lugar que todos conocen. Eso es bueno. Muy bueno. Lo malo es que él también sabe que es bueno."
Levanta la mirada y muestra los dientes.
"Así que podéis ir a rescatar a dos amigos, matar a un barón y escapar de media ciudad. Tres trabajos en una sola mañana. Muy económico."
Urko levanta la cabeza y sonríe de nuevo.
"Así que sí. Suicidio. A menos que morir sea parte del plan."
Sebastián observa al goblin durante un instante.
"Y con esa luminosa reflexión", dice, "volvemos al problema principal: decidir qué clase de suicidio os resulta más atractivo."
"Yo ya he escuchado bastante", dice Sebastián, apartándose de la mesa. "Os dejo con estos dos antes de que alguien diga algo más que pueda vender."
Se mete una mano bajo la chaqueta y saca una pequeña bolsa de cuero. La sopesa un instante, como si todavía estuviera decidiendo si merece la pena desprenderse de ella.
"Tomad. Puede que lo necesitéis."
Se la lanza a Hano. La bolsa cae en sus manos con un tintineo apagado.
"Consideradlo una inversión. O un regalo de despedida. Ya decidiré cuál de las dos cosas era cuando vea si seguís vivos."
Sebastián abre la puerta. El ruido de sus hombres invade por un momento la habitación: voces, botas sobre el barro y alguna carcajada. Antes de salir, se vuelve hacia ellos.
"Intentad no morir antes de que esto se ponga interesante."
Cruza el umbral y cierra la puerta a su espalda.
Urko sigue mirando la madera durante unos segundos. Después vuelve los ojos hacia la compañía y se rasca una oreja.
"Sebastián es hombre curioso. Muy curioso. Mejor tenerlo de vuestro lado que enfrente."
Hace una pausa y enseña los dientes.
"Problema es que nadie sabe cuál es su lado. A veces ni Sebastián."