La Compañía del Unicornio sigue los pasos del carismático marinero, que camina con ese balanceo natural que tienen los que han pasado más tiempo en cubierta que en tierra firme.
"Jean Marie, a vuestro servicio," dice con una sonrisa amplia mientras se ajusta el sombrero adornado con plumas y caracolas—. "Nacido en Chult, criado en alta mar, educado por corsarios y bendecido por una docena de tormentas. Pero no os preocupéis, hoy el cielo está de nuestro lado."
A su lado, John Silver camina con las manos en los bolsillos y los ojos muy atentos, aunque no dice gran cosa. De vez en cuando asiente con entusiasmo, como si quisiera ganarse la simpatía del grupo, pero su sonrisa dura siempre un segundo más de la cuenta, y sus ojos se desvían hacia las sombras cuando cree que nadie lo mira, como si temiera estar en la compañía de proscritos.
"Tenemos que prepararos si queréis salir vivos de esta ciudad de locos," continúa Jean Marie, mientras rodean un montículo de cajas rotas y sogas empapadas, bajando hacia el extremo más olvidado del puerto. "En las bodegas del barco tenemos un baúl de disfraces… bueno, técnicamente son ropas de Dupal. Alguna vez hicimos negocios por allí, antes de que las cosas se torcieran."
Hace una pausa, frunciendo la nariz con picardía.
"Sed creativos: capas ligeras, turbantes, telas de tonos cálidos, maquillaje para oscurecer la piel... Ah, y mucha dignidad. Nadie sospecha de nobles duplanos con demasiado perfume y pocas ganas de hablar en común."
El grupo llega a una zona del puerto desierta, donde el musgo se agarra a las piedras y el mar lame los maderos con sonidos apagados. Allí, entre redes viejas y postes torcidos, aguarda el Furia de los Mares.
El navío no es imponente, pero sí discreto. Su casco, de maderas oscuras barnizadas con brea, absorbe la luz crepuscular como si no quisiera ser visto. Las velas, recogidas como alas dormidas, muestran remiendos funcionales y colores apagados. El mascarón de proa —una figura femenina con rostro velado y manos cruzadas— observa el mar como una viuda que no quiere respuestas.
"Bonito, ¿eh?" dice Jean Marie, con genuino cariño—. "No es grande, pero sabe desaparecer como un susurro."
Pero al posar sus ojos en King, el tono se vuelve más serio.
"Y ahora, el tema peludo. Vuestro precioso compañero no puede quedarse a la vista. Si alguien inspecciona el barco y lo encuentra… esto acaba en sangre."
Jean Marie hace una señal y les lleva por un lateral del barco, hasta una compuerta estrecha cerca del agua. Les indica con la mano que le sigan.
"Aquí detrás de la cámara de carga hay un compartimento bajo el timón. Está lleno de cuerdas y barriles vacíos, pero cabe un huargo si se encoge un poco. No es cómodo, pero sí discreto. Y huele a salmuera y alquitrán, así que nadie querrá rebuscar mucho."
Se vuelve a Bailey, bajando un poco la voz:
"Tendrá que quedarse ahí durante la inspección, si la hay. Y por favor, decidle que no ladre. O que ladre en duplano."
John Silver suelta una risilla…. Luego se adelanta a mirar el escondite, pero se detiene justo antes de entrar. Observa un momento el barco, luego al grupo, y finalmente se rasca la cabeza sin decir nada.
Jean Marie le lanza una mirada de soslayo, pero no comenta nada. En su lugar, se vuelve a los demás:
"Ahora subid a bordo, elegid vuestros trapos de Dupal, practicad vuestro acento y esperad la señal del capitán. Si nadie la caga… esta noche zarparemos."
Y mientras las sombras del atardecer envuelven el Furia de los Mares, y las gaviotas graznan con indiferencia, la tripulación improvisada se prepara para dejar atrás Daggerford… o para hundirse en sus secretos.