Todos
El interior del barco huele a madera vieja, a sal, a humedad estancada. Pero en un rincón —entre cajas, sogas y sombras— hay algo que no pertenece al mundo de los vivos.
Job da un paso dentro, aún agradecido, aún ilusionado, con los labios secos de tanto hablar. Y entonces lo oye.
Un roce.
El vendaje cae al suelo.
Lento. Como una serpiente muda deslizándose entre los tablones.
Levanta la vista.
Y entonces la ve.
Atada. Amordazada. Acurrucada como una bestia dormida… y despierta.
Milly.
Su piel parece de otro mundo, tensa, fría, translúcida por momentos, como si la hubiera olvidado el sol y la vida.
Pero es el rostro lo que lo detiene.
Ojos que no son ojos, sino pozos sin fondo.
Mandíbulas crispadas.
Una baba espesa le cae desde la comisura, y cuando olfatea el aire... gruñe.
Gruñe como si la carne humana fuera música.
Job se queda inmóvil. Un segundo. Dos. Y luego empieza a temblar.
"Santo… Dios… "
"¿Qué es eso? ¿Qué es eso?" balbucea, dando pasos atrás, tropezando con una caja.
Su rostro se descompone. Las manos le tiemblan. Y entonces… corre.
"¡No era mi intención! ¡¡No quería molestar a los muertos!! ¡¡Lo juro por mis hijas!!"
"¡Perdón! ¡Perdón por mis pecados! ¡¡Perdón, perdón, perdón...!!"
Las palabras se le atropellan. La voz le sube de octava en octava, como un perro acorralado.
Corre hacia la salida, golpeándose con el marco de la puerta, resbalando, llorando.
Y Milly… solo observa.
El gruñido se atenúa, pero sus ojos lo siguen. No como una presa.
Como un recuerdo del hambre que aún no ha saciado.