Todos
Milly se detiene de golpe.
Levanta una mano, en silencio, y el grupo se congela detrás de ella.
Sus ojos recorren el suelo, entre las sombras de la antorcha. Una loseta ligeramente más hundida que el resto. El borde está desgastado de forma desigual, como si alguien —o algo— hubiera pisado mal hace mucho, mucho tiempo.
Se agacha con cuidado, y al apoyar los dedos sobre el borde, nota la mínima vibración de un resorte interno.
Antiguo, casi dormido.
Pero aún tenso.
Con el pulgar recorre el lateral y descubre una ranura casi invisible, como si la piedra estuviera montada sobre un sistema de placas deslizantes. A un lado, una pequeña hendidura marcada con símbolos enanos ya casi borrados: antiguos glifos de advertencia, inscritos por manos que temían más que explicaban.
No hay señales del efecto.
No oye el zumbido de magia activa, ni el calor de hechizos retenidos.
Pero algo hay.
Un mecanismo físico. Sutil. Preciso.
Y despierto.
Solo puede intuir su propósito: caída, lanzas, gas, cuchillas… o algo peor.
Pero no se activa.
Todavía no.