María
La sacerdotisa Arhalyn escucha con atención, sus dedos aún húmedos reposando sobre la superficie tranquila del agua, como si pudieran leer en sus ondulaciones tanto como en las palabras de María. Su expresión no cambia ante la mención de Maergrath, pero un leve suspiro escapa de sus labios, más viejo que ella misma.
"Maergrath el hombre," dice por fin— "era tan real como vosotras y yo. Carismático, sí. Dotado de un intelecto feroz, y según los cantos antiguos, dueño de una voz que podía templar la rabia o agitar una multitud. Se rodeó de otros como él, arcanistas, conjuradores, algunos sacerdotes caídos. A su alrededor se formó lo que la tradición llama El Círculo Interior. Un grupo que no gritaba, que no imponía... pero cuya voluntad doblaba los caminos de los vivos y de los muertos. Controlaban sombras y espectros como pastores de un rebaño macabro."
Hace una breve pausa, y luego añade:
"No hay certeza de que Maergrath usara magia de dominación mental como un encantador moderno, pero muchos relatos coinciden en lo mismo: nadie que estuviera a su lado parecía capaz de negarle nada. Algunos le adoraban. Otros simplemente... obedecían. Puede que fuera magia. Puede que fuera carisma. Puede que fuera desesperación."
Se inclina y toma una concha, la misma que estaba usando al llegar, y la deja flotar en el estanque.
"En cuanto a Lacrimosa... " dice, como si el nombre en sí fuera legendario— "los antiguos decían que el acero fue consagrado en el momento justo, por alguien que comprendía el precio del sacrificio. No lo atravesó como un arma cualquiera. Lo atravesó a pesar de todo. Rompió una barrera, sí. Un encantamiento, una protección, quizás un alma dividida. No es un filo mágico y, sin embargo, se comportó como tal cuando debía hacerlo."
Levanta la vista hacia María, con un brillo tenue y plateado en sus ojos, reflejo de la luna.
"Si Maergrath regresa como un liche... su cuerpo puede no ser el corazón de su poder. Puede que lo que veáis no sea más que la carcasa. Y el verdadero Maergrath... esté anclado en otro lugar. O en otra cosa. Por eso Lacrimosa debe estar presente. No como un arma de guerra, sino como una llave. Una llave para cerrar lo que se ha entreabierto."
Entonces, ante la pregunta sobre el portal, sonríe. Un gesto casi travieso que contrasta con su compostura sacerdotal.
"Ay, Rynne..." murmura— "Habla con el corazón. Y a veces el corazón no filtra nada."
Se incorpora por completo, secándose las manos en un paño de lino. Luego camina hacia un pedestal cubierto de líquenes, cerca del templo, donde hay una piedra tallada con antiguos símbolos lunares.
"El portal no tiene una única puerta. Son varias, antiguas, esculpidas en las runas que lo sellan. Cada combinación abre un destino diferente. El problema... es que solo abre si el viajero conoce el patrón correcto. Si lo acierta. Si lo intuye. "—Se vuelve hacia ellas—. "No es magia de transporte común. Es magia de intención. De deseo. Y de palabras antiguas. Si sabéis a dónde queréis ir... el portal, con suerte, lo sabrá también."
Y entonces añade, con un tono más práctico:
"Lo que os aconsejo es investigar primero. En la Capilla de las Mil Voces hay una biblioteca subterránea, anterior incluso a la propia capilla. Sellada, polvorienta, y protegida por la terquedad de Verbal Morclade. Él no deja pasar a nadie desde que un erudito de Puerta de Baldur entro para leer un tomo prohibido y vomitó sangre una semana. Pero si la situación le convence... quizás os deje entrar."