Bailey
Bailey observa a Men Udotimo con esa expresión que suelen reservar los gatos para las lámparas de aceite que chisporrotean demasiado. Es una mezcla de desconfianza, cálculo y la certeza de que ese hombre vendería su propia sombra en rodajas si alguien preguntara por ella en voz alta.
Así que se da media vuelta, sin decir palabra, mientras Men sigue hablándole con entusiasmo a un barril vacío, completamente convencido de que es un cliente disfrazado por un hechizo de humildad.
Bailey recorre el mercado con calma estudiada, sabiendo lo que quiere. Y lo que quiere es que no la estafen.
Al cabo de un rato encuentra un puesto modesto: madera sin tallar, herramientas colgadas de clavos torcidos y una caja llena de antorchas. Las normales. Las que no cantan, no brillan en colores extraños ni llevan nombre propio.
"¿Cuánto por dos antorchas?" pregunta Bailey, cortante y directa.
El vendedor levanta la vista.
Es un hombre de unos cincuenta, con un bigote grasiento, una sonrisa que ya debería estar en busca y captura, y esa lascivia rancia de gato viejo y castrado que aún se sube a los tejados a lamerse los bigotes cada vez que una falda se mueve con el viento.
Y entonces la ve. Rubia, alta, con ojos claros y una delantera como para detener embestidas y discusiones. Y ahí empieza el espectáculo.
"Bueno, bueno, bueno… qué hace una belleza como vos en un lugar tan… poco iluminado" dice mientras intenta ponerse de pie con dignidad y solo logra que crujan varias vértebras inocentes.
Bailey parpadea. Es la versión no verbal de "continúa y acabarás durmiendo con una antorcha encendida en el culo."
"Dos antorchas," repite.
"Ah, claro, claro… antorchas. Fuego. Luz. Calor. Belleza. Todo lo que vos ya tenés, ¿verdad, ángel del amanecer?"
Bailey asiente muy lentamente. Es difícil saber si está de acuerdo o eligiendo dónde apuntar primero.
Y entonces el vendedor hace lo que muchos hombres han hecho a lo largo de la historia frente a mujeres fuera de su alcance: toma una mala decisión.
"¿Sabés qué? ¡Gratis! Las dos. Una para cada… lado, por así decirlo." Le guiña un ojo. Lo intenta, al menos. Termina cerrando ambos y tropezando con la caja de clavos.
Bailey toma las antorchas y se da la vuelta.
El vendedor la observa alejarse y mientras vuelve a su banco, murmurando algo sobre “benditas curvas”, uno de sus vecinos de puesto, un anciano que lleva vendiendo espadas sin filo desde la Guerra del Tazón Roto, le dice en voz baja:
"¿Y si vuelve mañana y te enseña las tetas?"
"Entonces le regalo la tienda," responde el otro sin dudar—. "A una belleza así… hay que iluminarla. Aunque sea con mi jubilación."
Bailey obtiene: 1 armadura de cuero para King, 1 poción de maná, 1 bolsita de hierbas de Secomber para fumar - cinco usos, 2 antorchas, 1 agua bendita.
Bailey pierde: 14 monedas de oro.