Ronan
Ronan empuja la puerta.
Dentro, la oscuridad no es completa.
Las llamas danzan en las vigas del techo, en los muebles, en las cortinas negras de hollín.
Y todo huele a madera vieja, cera derretida… y sangre.
Lo ve de inmediato.
Rynne está en la pared.
Volteada, crucificada como un santo sin iglesia.
Las manos y los pies clavados a la madera con hierros torcidos, herrumbre y hueso fundidos por el calor.
No hay solemnidad en la postura: solo dolor.
Las ropas cuelgan como jirones de un naufragio, y la piel de la espalda ha sido grabada con un círculo imperfecto, tallado con furia o con fe.
La sangre aún gotea, lenta, como si su cuerpo no hubiera terminado de vaciarse.
No hay duda.
Está muerta.
Muerta desde hace rato.
Pero la escena tiene esa clase de quietud malsana que hace dudar al alma.
El fuego crepita, trepa por la estantería, roza los pies de la muerta, comienza a devorar un banco.
Y todo lo demás —el murmullo del viento, las voces que llaman desde lejos, incluso el recuerdo del sol eclipsado— se apaga en la mente de Ronan.
Ronan rebusca entre cenizas, telas ardientes, papeles a medio devorar. Busca el medallón. Milly habló de él. Debía estar allí.
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Pero no lo encuentra.
No en el arcón calcinado.
No entre las ropas desgarradas de Rynne.
No está.
El fuego ruge.
Ya no calienta, castiga.
Una cortina arde como si gritara.
Un crujido seco le rompe el pensamiento.
La viga cae.
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Sin pensarlo, Ronan gira el torso y salta hacia un lado, con el cuerpo bajo, los pies firmes, los reflejos afilados por años de instinto. El aire se le corta en el pecho mientras la madera estalla contra el suelo justo donde estaba.
Las brasas saltan.
El humo lo envuelve.
No mira atrás.
No hay tiempo.
Solo el fuego que crece y la certeza de que quedarse un segundo más sería una decisión estúpida.
Y Ronan, por encima de todo, no es estúpido.
El calor muerde.
El humo rasga.
La viga aún crepita a su espalda.
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Iba a salir. Ya lo había decidido.
Pero entonces lo ve.
Un códice.
En un rincón, ennegrecido por el humo, casi oculto bajo un banco volcado.
El mismo.
El que Rynne describió.
Cuero viejo, cierres de hierro.
Las hojas empiezan a encresparse.
Una más y arderá.
Ronan vacila medio segundo.
Luego maldice.
Se lanza.
Una zancada. Otra.
El brazo estirado. El fuego junto a la cara.
Lo agarra.
El códice está en su mano.
El calor le muerde la espalda.
El aire ya no es aire: es cuchillo.
Y entonces, otra viga cae.
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No tiene tiempo.
El golpe no duele. Solo lo aplasta.
La madera lo lanza al suelo con un crujido seco.
Algo en su hombro grita.
Las llamas le muerden la ropa.
El códice vuela de sus manos, como arrancado por la misma explosión del impacto.
Gira en el aire, arde por los bordes.
Cae a los pies de María.
Se detiene allí.
Ella lo siente.
Ronan, en el suelo, entre fuego y astillas, también.
El fuego ya no juega.
Ahora reclama.
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Ronan recibe 3 heridas y está aturdido durante 3 turnos en los que recibe 3 dados de daño por fuego. La única lo suficientemente cerca para sacarle en el primero es María. El resto podrían llegar al segundo. De hacerlo, tirada de Fuerza.