María
Las llamas rugen a su alrededor, devoran el aire, se enroscan a las paredes como serpientes hechas de hambre.
María no ve.
Pero sabe.
"¡Ronan!"
No hay respuesta. Solo crujidos.
Madera colapsando.
Y el olor...
Ignora el códice. Le da una patada si aún lo amenaza el fuego.
Y se lanza.
"¡Esclavo, avisa a los demás!" grita, mientras el perro corre, más por instinto que por entendimiento.
Dentro, el aire es un cuchillo caliente.
No ve nada.
Pero lo encuentra.
Una pierna. Un hombro. El peso de un cuerpo.
Y entonces, la viga.
Está encima de él.
Ardiendo.
La toca sin pensar.
El cuero se quema.
La piel cede.
Y aún así, empuja.
No grita.
Solo aprieta los dientes, tira, levanta.
Las manos se le despellejan, el dolor le trepa por los brazos como fuego líquido.
Pero no suelta.
Con un esfuerzo que le arranca un sollozo mudo, logra apartarla.
Y sin perder un segundo, lo toma por debajo de los brazos y lo arrastra hacia la salida, paso a paso, ciega, temblando, con las manos sangrantes y el corazón golpeándole el pecho como un tambor de guerra.
No piensa.
No calcula.
Solo se mueve.
Y lo saca.
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