Ante el vicio de pedir (propinas), la virtud de no dar.
Lo bonito de las propinas es que son algo voluntario, un detalle que se puede tener o no por muchas razones y todas personales. Exigirlas o hacerlas obligatorias las convierte en otra cosa, una tasa. Y si me vas a cobrar una tasa, repercútelo directamente sobre el precio.
Y desde luego no intentes venderme la moto de que se hace por los trabajadores de la hostelería, que es seguramente el sector de este país que más cosas tenga que callar en materia de derechos laborales.