Todos
La compañía no persigue más la lucha. Magullados, heridos y exhaustos, continúan avanzando por la estrecha pasarela de piedra mientras la última de las chilladoras bate las alas como puede y se aleja, perdiéndose entre las sombras del risco.
Durante un tramo largo caminan en silencio, con el pulso aún acelerado. A lo lejos, entre las grietas de la roca, distinguen otras chilladoras posadas, inmóviles, observándolos desde la distancia. Incluso por un instante fugaz les parece ver algo más: una forma descomunal moviéndose como una sombra proyectada sobre la pared del cañón, enorme, lenta… como si la madre de todas las chilladoras los estuviera vigilando desde lo alto. Pero no ocurre nada más. Ningún chillido. Ningún ataque.
El camino continúa, y con él el paso del día.
Las horas avanzan. La luz se vuelve oblicua, luego gris, y finalmente el sol desaparece tras las montañas. Al caer la noche alcanzan el otro lado del paso. El aire cambia. Huele a río cercano. La tierra es más húmeda, blanda bajo los pies, y el frío cala hasta los huesos, un frío distinto, denso, que se pega a la piel.
Frente a ellos se abre un paisaje bajo y encharcado, con árboles dispersos aquí y allá, raíces hundidas en el barro y zonas de terreno firme interrumpidas por charcos oscuros. En uno de los puntos más secos se alza una torre de piedra, solitaria y severa. Sus portones están cerrados.
En las ventanas superiores, sin embargo, hay luz.
