Todos
Bori mira a Milly, cuyo rostro se ha vuelto cada vez más pálido y enfermizo, y frunce el ceño con sincera preocupación.
"¿Os encontráis bien, señorita Milly? ", pregunta en voz baja—. "Tenéis muy mala cara. Aunque, sin duda, nada que una buena sopa caliente no pueda arreglar."
Luego se adelanta un paso, carraspea y alza la voz hacia la torre, adoptando un tono teatral:
"¡Oiga, buena gente! Viajeros somos, perdidos,
al amparo del cielo pedimos abrigo y pan;
que mi esposa, rendida de males sufridos,
no da un paso más sin caer en su afán."
"Inventor, cartógrafo… y poeta. Os lo dije", murmura Bori, sonriendo de lado a lado a Milly.
De pronto, uno de los ventanales se abre con un leve chirrido. Una figura se recorta contra la luz interior. Es un hombre de mediana edad, de porte aún noble, aunque claramente endurecido por la vida. Permanece inmóvil, observando a la compañía con atención.

Su mirada se detiene unos segundos de más en Bailey y en King, evaluándolos sin disimulo, antes de deslizarse finalmente hacia Milly, encorvada junto a Bori. Allí se queda un instante más largo, como si intentara descifrar algo.
"Dos monedas de oro por posada y sustento, mi señor… ¿Barcelo?", dice Bori, con un deje dubitativo, tanteando el nombre.
El hombre esboza una leve sonrisa, apenas un gesto.
"Morvan del Vado Negro me llaman. Morvan será suficiente", responde con voz calmada. "Dejad las monturas en los establos de detrás y entrad."
Su tono es agradable, casi hospitalario, pero la luz que brota tras él no alcanza a borrar del todo la sombra que parece envolver la torre.