Todos
La compañía comienza a subir en silencio. Al frente va siempre el valiente Elijah, firme, atento a cada peldaño y a cada sombra, con la mano preparada como si la torre misma pudiera atacarle. Tras él avanzan sus menudos escuderos, Pizz y Bori, uno nervioso y alerta, el otro observando con el ojo experto del artificiero.
Un poco más atrás suben Rachel y Bailey, hombro con hombro, compartiendo el peso del cansancio sin decir palabra. Tras ellas avanza King, pesado y silencioso, ocupando más espacio del que parece posible en la estrecha escalera.
Milly sube con cuidado, apoyada junto a María, mientras Esclavo se escurre entre sus piernas, inquieto, como si la piedra misma le resultara sospechosa. Cerrando la marcha va Ronan, serio, vigilando la retaguardia, asegurándose de que nada —ni nadie— quede atrás.
Los candiles proyectan sus sombras sobre la piedra antigua mientras el grupo asciende, paso a paso, hacia el interior de la torre.
Alcanzan la primera planta y se encuentran en una amplia estancia que hace las veces de salón. En el centro se alza una enorme mesa redonda, desnuda, salvo por dos candiles casi consumidos cuya luz débil apenas logra vencer a las sombras. No hay más puertas ni habitaciones en este nivel: el espacio es único, sobrio, casi despojado.
La escalera, sin embargo, continúa hacia un segundo piso, donde una gran puerta de madera permanece cerrada, maciza, impenetrable a simple vista.
No hay nadie en la primera planta. Solo el silencio. Dos ventanucos abiertos al muro —simples huecos de piedra tallada, sin portones, sin madera, sin baldas de ningún tipo— dejan pasar el viento helado, que se escurre silbando por la estancia. A través de ellos se divisa la parte posterior de la torre: los establos, oscuros y vacíos bajo la noche.
En uno de los extremos de la sala arde una brasa joven. El fuego ha sido encendido hace apenas unos minutos. Alguien estuvo aquí… y no hace mucho.