María
Hay muchos lobos… demasiados. Para cualquiera con un mínimo de instinto, sería evidente que algo no va bien: la manada parece el doble de grande de lo que sería natural, moviéndose como un solo cuerpo, sin dispersarse, sin dudar. No es un comportamiento salvaje: es algo guiado.
Cuando el hechizo de María despierta su olfato, la verdad llega con la nitidez de un latigazo.
Tirada de Percepción enemiga: 6, 6.
Lo primero que distingue no es el olor del bosque, sino humanos. Un aroma reciente, inequívocamente presente: sudor húmedo, cuero empapado y un leve matiz metálico de armas o hebillas. Y no son pocos: bastantes más de una docena. A caballo. Están ahí, detrás del grupo, avanzando con paso seguro, demasiado coordinados para ser viajeros extraviados. Por su posición y su ritmo, da la impresión de que saben muy bien hacia dónde se dirigen.
Luego, el aire cambia delante.
El bosque deja de oler a bosque. No llega ni rastro de tierra viva, ni resina, ni hojas en descomposición. Delante de ellos, siguiendo el camino que dictan los lobos, en su lugar, María percibe un aroma frío, mineral: roca desnuda empapada por la lluvia, ese olor limpio y cortante que se mezcla con la acidez suave del liquen amarillo adherido a la piedra como una piel endurecida.
Y entonces, lo inquietante:
El viento constante. No desciende desde las copas de los árboles: asciende, arrastrando los olores hacia arriba, como si delante hubiese un espacio abierto que lo aspirase todo. Una corriente vertical, demasiado pura, demasiado libre, incapaz de retener fragancias.