Todos
Esclavo falla su estocada, pero María logra herir al lobo cercano a King.
Rachel espolea a Hollín, que pese a su herida responde con un último arranque heroico. La barda se inclina hacia delante, la melena volando al viento como una llamarada tras ella, casi como en un anuncio de champú de otro mundo… si no fuera porque el barro, la sangre y el olor a lobo quemado convierten la escena en algo mucho más crudo. Aun así, por un instante, parece una visión salida de Innisport.
Persigue al alfa que huye a trompicones entre los árboles. Levanta la mano. La bomba gnómica de Bori palpita en su palma, como si reconociera el momento.
La lanza.
Un latido.
Y luego—
¡BOOM!
Una explosión colosal sacude el bosque, más grande que cualquier cosa que el grupo haya visto arder antes. Fuego nacarado se abre paso como una flor asesina entre la maleza, envolviendo al lobo en un abrazo brutal.
Daño: 2, 3, 6, 2, 6 → 3 puntos de vida. Muerto.
El alfa ruge —un sonido que ya no es exactamente un rugido de lobo— y su silueta empieza a retorcerse. Sus huesos crujen, su piel chisporrotea, y entre las llamas su forma canina se disuelve para dejar al descubierto al viejo escaldo.
Hrólf, ardiendo como una tea, la mira con rencor, la boca llena de dientes podridos envueltos en fuego. La sonrisa final que le dedica es más amarga que malvada; tiene algo de lamento, algo de acusación, algo de profecía rota.
"Necios…", escupe, la voz hecha ceniza. "Acabáis de condenaros…"
Su cuerpo colapsa. Primero la piel. Luego los huesos. Finalmente la sombra misma, que parece resistirse un instante antes de desvanecerse en una brasa oscura.
La lluvia fina empieza a caer otra vez sobre el montón de ceniza humeante. El bosque, entero, parece contener la respiración.
De repente, los lobos que aún plantan cara a Ronan, Elijah, María y los demás cambian por completo de actitud. Es casi inmediato: las orejas bajan, las colas se hunden, los cuerpos pierden tensión. Dejan de gruñir. Dejan de atacar. Se quedan allí, quietos, como animales que han perdido de golpe la voz que los guiaba. No se rinden… se desmoronan.
Por un instante parecen esperar su final con una docilidad inquietante. Bori, que en su vida había visto una oportunidad sin comentarla, alza una ceja.
"Bueno… quizás podríamos vender sus pieles en Brumaverde, sacar unas monedit—"
La mirada de Bailey lo corta como una guillotina. Una mirada que no necesita palabras.
El gnomo traga saliva, levanta las manos en rendición inmediata y se encoge de hombros.
"Vale, vale, perdón… ya no digo nada."
