Todos
La noche transcurre sin grandes acontecimientos, si es que puede llamarse “sin acontecimientos” a avanzar por un lugar donde la oscuridad parece una sustancia más, espesa, casi tangible. El desfiladero queda sumido en una negrura total, y el camino pedregoso se convierte en una línea incierta bajo los pies y cascos. El silencio es tan absoluto que cualquier sonido propio resulta intrusivo: el roce de una bota, el resuello cansado de un caballo, el leve tintinear de metal contra metal.
De vez en cuando, ese silencio se quiebra con un siseo profundo, lejano, imposible de ubicar con precisión, como si el propio cauce seco respirara.
Inteligencia de Pizz: 1, 1. Pifia.
Durante uno de esos momentos, mientras comparte guardia con Elijah, Pizz escucha ese siseo y por un instante tiene la sensación de que le recuerda a algo. Algo importante. Algo que debería reconocer. La idea apenas llega a formarse antes de disolverse por completo, desplazada por una sensación mucho más inmediata y poderosa: el hambre. Un vacío insistente que le roba cualquier hilo de pensamiento más elaborado.
Bori, que lleva horas dando vueltas sin lograr dormir, acaba acercándose a ellos. Camina con cuidado, sosteniendo una pequeña caja metálica entre las manos. Se agacha, la abre con un gesto casi ceremonial y deja ver su contenido: galletas de mantequilla, doradas, perfectamente formadas. Un lujo difícil de imaginar para casi cualquier viajero en Faerûn, y más aún en mitad de aquel paraje inhóspito.
El gnomo toma una sin ningún tipo de pudor y la muerde con evidente placer, mascando despacio antes de ofrecer la caja a Pizz y a Elijah, por si quieren probar. Mientras tanto, empieza a hablar, como si el simple acto de compartir comida le hubiera abierto una compuerta imposible de cerrar. Presume de sus dotes culinarias, asegura que es un cocinero excepcional y promete que, cuando lleguen a Brumaverde, se encargará personalmente de que disfruten de la mejor cena que hayan probado en sus vidas.
A partir de ahí, la conversación deriva —como siempre con Bori— hacia su familia. Habla largo y tendido de su tío y de su taller de objetos gnómicos, lleno de engranajes imposibles, prototipos que explotan y otros que, milagrosamente, funcionan. Habla también de su tía, que regenta la taberna local, un lugar que describe como cálido, ruidoso y lleno de vida, justo lo contrario de aquel desfiladero silencioso y oscuro.
Por un momento, entre el sabor dulce de la mantequilla y la voz inagotable del gnomo, la noche parece menos opresiva. Sólo por un momento.