Todos
El amanecer llega al desfiladero sin anunciarse. No hay sol directo, sólo una claridad fría que se filtra entre nubes altas y un aire seco que corta los labios. El terreno exhala polvo. Las paredes de roca, a ambos lados, se elevan como murallas irregulares, decenas de metros arriba, afiladas y silenciosas.
Al principio es una sensación incómoda, casi física. Un parpadeo. Una sombra donde no debería haberla. En las cornisas altas, entre grandes bloques de piedra, algo parece moverse. Luego desaparece. El viento arrastra nubes bajas y el ojo duda: quizá es cansancio, quizá una ilusión.
Pero el desfiladero es largo, y la sensación persiste.
Con el paso del tiempo, las dudas se afinan. Ya no es un destello aislado. Son presencias. Minúsculas por la distancia, sí, pero constantes. A ambos lados. Arriba. Siguiendo el ritmo del grupo con una paciencia que no es casual.
Thorian lo confirma en voz baja, inclinándose hacia Rachel cuando ella enarca una ceja, sorprendida.
“Nos llevan siguiendo un rato. Mejor no digáis nada. Ya se presentarán cuando lo consideren oportuno.”
Entonces se distinguen mejor.
Figuras pequeñas, envueltas en ropas de colores vivos que rompen con el gris de la roca: rojos, azules, amarillos imposibles. Cabalgan bestias enormes, una variedad de cabra montesa de lomo poderoso y patas seguras, auténticos saltarriscos de cuernos retorcidos y mirada dura, hechos para ese terreno imposible. Se mueven con una facilidad insultante por cornisas que ningún caballo podría pisar.
Las figuras llevan máscaras: toscas, angulosas, pintadas con colores chillones. Recuerdan vagamente a la de Ronan, pero más primitivas, más rituales. No se esconden ya, pero tampoco se acercan. Observan. Miden. Esperan.
El desfiladero, seco y frío, parece estrecharse un poco más. Y por primera vez desde que entraron en él, queda claro que no están solos… ni son los únicos que conocen ese camino.