Todos
La compañía se escurre por el estrecho paso. Primero Elijah y Pizz, luego Bori, más tarde Bailey y Ronan, después Thorian y Rachel; cierran la marcha María junto a Esclavo y Milly, que avanza sin dejar de lanzar miradas furtivas a su espalda.
El sendero es angosto, pero transitable. No es una cornisa imposible ni una pared de escalada: es peor. Un camino que acepta al viajero con la misma indiferencia con la que podría rechazarlo. La piedra está gastada por siglos de pasos, aunque nadie sabría decir de quiénes. A un lado y otro se abren precipicios abruptos, no siempre visibles, a veces apenas sugeridos por el vacío que se cuela entre rocas. El sendero serpentea en giros imposibles, se retuerce sobre sí mismo y, de cuando en cuando, desemboca en pequeños recovecos o breves praderas colgadas de la nada, donde la hierba crece baja y rígida, como si también tuviera miedo de caer.
El camino sube. Siempre sube. Y con cada metro ganado, el mundo parece quedar más lejos.
Aún es de noche, pero el amanecer empieza a insinuarse. Las formas empiezan a definirse sin volverse amables. Las sombras no desaparecen; simplemente se vuelven más precisas.
La compañía está exhausta. Los músculos duelen, la respiración pesa, los caballos avanzan con la cabeza baja y los flancos tensos. Nadie ha dormido de verdad. Ni hombres ni bestias. El cansancio se acumula como una deuda que el camino exige cobrar con intereses.
Y la sensación de ser observados ya no es una intuición.
A lo lejos, sobre riscos que no deberían sostener a nadie, empiezan a distinguirse figuras. Primero como manchas de color. Luego como siluetas. Algunas avanzan a pie, con una seguridad que desafía la pendiente; otras montan esas enormes cabras montesas, cuerpos macizos y patas seguras como si la gravedad fuera una sugerencia más que una ley. Las figuras llevan ropas hoscas, curtidas, pero adornadas con colores vivos que rompen la monotonía de la piedra. En sus rostros, máscaras tribales: toscas, asimétricas, pintadas con pigmentos chillones.
No se acercan. No hablan. No atacan. Simplemente están ahí. Siguiendo el avance de la compañía desde lo alto, como pastores que observan a un rebaño extraviado… o como testigos que han decidido, por ahora, dejar que la historia continúe.

Todos los miembros de la compañía obtienen el estado Exhausto.