En el apartamento de Sally...
Eran las ocho de la tarde cuando Tom llamó al timbre de Sally. La había llamado desde el trabajo esa mañana pero no se lo había cogido.
Cuando Sally le abrió la puerta se la encontró en un estado lamentable, tenía moratones por las piernas, la cara tan pálida que parecía un fantasma y se abrazaba a sí misma los brazos como buscando consuelo.
---¿Estás enferma, Sally? ¿Por qué no has ido a trabajar?
---No es nada, estoy bien—contestó insegura.
---¿Y qué te ha pasado en las piernas?
---Me caí en la ducha. Y ahora, Tom, necesito descansar, fue un golpe bastante fuerte y me duele la cabeza, perdí algo de sangre…—dijo haciendo el amago de cerrar la puerta.
Tom miró a Sally con el ceño fruncido pero decidió no decir nada, sin embargo sí puso el pie en la puerta para que no la cerrara.
---¿Puedo pasar?--dijo bruscamente-- No deberías quedarse sola si te has dado un golpe fuerte, ¿no llamaste a emergencias?
---Pensé que se me pasaría descansando.
Tom puso cara de desaprobación, tenía una teoría sobre lo que le había pasado a Sally, pero le daba tanta rabia que no quería comentar nada para no terminar discutiendo con ella de nuevo. Hacía ya más de un año que les había hablado de esa basura, en un arrebato de sinceridad y con dos cervezas de más, describió una relación tan tóxica que les puso los pelos de punta a Megan y a él. Por suerte había desaparecido sin dejar rastro, pero la herida en el pecho de Sally casi podía verse sangrar cada vez que quedaba con alguno de esos perdedores de Tinder.
Sally dejó caer los brazos a los lados derrotada y se apartó de la puerta para dejar pasar a Tom.
---Megan está preocupada por ti, pero no viene porque no quiere darte la brasa. Yo tampoco te la daré, pero hemos decidido ir turnándonos para quedarnos contigo al salir del trabajo—Sally iba a protestar cuando Tom la interrumpió--- Te guste o no a ti. No vamos a dejar que se te lleve de nuevo esa espiral autodestructiva, esos imbéciles no te merecen y cualquier día aparecerás muerta en una cuneta.