Zsadist
Zsadist no era hombre de discursos. Se plantó en el umbral con la mirada fría como un témpano. El olor a hierro y sudor le golpeó en la cara y le subieron las náuseas, pero no comentó nada. Hizo lo suyo: miró a Phury, se perdió en esa jodida humanidad que emanaban sus ojos y respiró hondo.
"Tengo una cosa que pedirte", le dijo al fin, seco—. "Si llevas humo rojo, úsalo con los que estén a punto de estallar. Quizá así los controlemos un poco: lo justo para que no se maten entre ellos ni nos obliguen a matarlos a nosotros."
Se acercó a uno de los cuerpos temblorosos, tanteó la tela rota del colchón con el pulgar y la dejó caer.
"Son solo sugerencias; yo no soy Wrath. Haré lo que él diga, como siempre. Pero si queréis hacerlo bien: atadlos con lo que sea, separad las camas, uno por uno —si se reconocen, el hambre los hará atacarse— y que Phury sea el primero en atenderlos. Él tiene algo en su voz. Si hay humo rojo, aplicadlo solo a los que veáis a punto de romperse."
La frase que soltó después fue más un gruñido:
"Si alguno se desata del todo, dejadme a mí que lo pare."
Sus ojos repasaron a Wrath, Phury, Vishous y Rhage en busca de asentimiento. El rencor por Catronia palpitaba en cada frase, pero la lealtad al Rey templaba sus impulsos y lo forzaba a meditar más de lo que habría hecho de estar solo.
"Cuando terminemos con el titiritero, que Wrath llame a quien pueda hacerse cargo de estos desgraciados y que se haga todo lo posible."