Zsadist
Los flashes lo golpearon como cuchilladas en la sien. Una sucesión de imágenes, como diapositivas ardiendo en el proyector de su cabeza.
Él, hablando solo en la celda, murmurando cuentos a la oscuridad. Él, riendo como un idiota, haciendo sombras chinescas contra la pared mugrienta. Él, protegiendo el vacío, abrazando la nada como si fuera un cuerpo. Él, hundido, chupando su propia muñeca hasta quedar un esqueleto que balbuceaba el nombre de una niña que nunca existió.
Katie nunca había estado allí. Nunca hubo nada más que su locura y los trucos de su ama. La broma maestra de Catronia: inventarle un fantasma, darle una hermana para después arrancársela y dejarlo cargado de culpa por un crimen que no había cometido. Un siglo entero comiéndose ese veneno.
Su rostro se congeló en una máscara de horror y rabia. El aire se le atragantaba, pero en el fondo ya no quedaba nada que romper.
Wrath, como una locomotora, le arrancó un puñado de dientes a Catronia de un hostión. Ella escupió sangre, y aún así sonrió, insolente, sabiendo que la tragedia ya estaba escrita.
Zsadist se acercó despacio. No había odio, ni amor, solo ese vacío que deja el veneno después de digerirlo. La tomó de la nuca y le estampó un beso sucio en la boca.
"Gracias por enseñarme a no amar", susurró.
La soltó, dio un paso atrás y sonrió de lado.
"Imagino que esperas un final memorable. Una muerte de leyenda, de esas que se cuentan con vino barato en las tabernas. Pero no lo mereces. Te temí cien años, te odié otro siglo, y ahora… ahora solo me das lástima. Tanta sangre desperdiciada por la mente podrida de una loca. Adiós, Catronia. Que el Omega te folle en su gloria."
Alzó la Glock.
Tres disparos secos en la cabeza, cada uno reventando hueso y memoria. Dos más al corazón, por si quedaba algo que pudiera latir.
El cuerpo se desplomó como un saco de mierda, arrancado de la pared.
Zsadist no se quedó a mirar. Se giró hacia Phury, que agonizaba en el suelo. Se arrodilló a su lado, con la respiración aún pesada, y desenvainó su daga. Sin pensarlo, se rajó la muñeca; la sangre brotó oscura, caliente.
Le acercó la herida a los labios, apretando los dientes.
"Bebe, hermano. Recupérate. No pienso perderte ahora. No después de que hayas vuelto a salvarme la vida."