Rachel
Tras despedirse de Pizz, con la promesa de volver a encontrarse, el gnomo se acerca a Rachel.
"Por supuesto, tal y como os prometí, tendréis alojamiento completamente gratuito durante todo el tiempo que permanezcáis en Brumaverde. Y, cómo no, patatas, verduras, pan, salchichas y carne para la cena de esta noche, acompañadas de la mejor cerveza de Brumaverde. Además, nos ocuparemos de vuestros caballos."
Hace una breve pausa, pensativo.
"No sé qué os depara el futuro, pero construiremos recuerdos bonitos antes de que afrontéis los peligros que, sin duda, os esperan. He viajado con vosotros lo suficiente como para saber que así será."
De ese modo, el gnomo deja atrás a Elijah, todavía enfrascado en una discusión animada con su amigo del alma, Pizz, y conduce al grupo a través de las calles de Brumaverde hasta detenerse ante un edificio particularmente pintoresco.
La posada está construida dentro del tronco de un árbol gigantesco, un coloso muerto hace siglos, cuya madera oscurecida y retorcida ha sido esculpida con paciencia. El tronco, tan ancho como una casa, se eleva varios pisos, y en su interior se han abierto estancias circulares conectadas por escaleras de madera talladas en espiral. Ventanas irregulares asoman entre la corteza petrificada, dejando escapar una luz cálida y el olor reconfortante de comida reciente. Raíces enormes, parcialmente expuestas, abrazan el suelo como los cimientos de un templo antiguo.
Bori alza la vista.
"Dicen que este árbol fue uno de tantos", explica. "En los viejos tiempos, cuando los elfos dominaban estas tierras, plantaban gigantes como este formando una cadena viva que se extendía desde Rawlinswood hasta la lejana Costa de la Espada, en el occidente."
Apoya una mano en la madera, casi con cariño. A la compañía le trae el recuerdo de algo que ahora parece lejano, aunque no lo sea tanto: los días compartidos con su vieja amiga Primrose.
"Eran símbolos de poder. Santuarios, puntos de reunión, faros verdes en un mundo aún joven. Este murió hace mucho… pero se negó a caer. Y ahora, al menos, sigue dando cobijo."
La puerta se abre con un leve crujido, y desde el interior llega el murmullo acogedor.
"Por Chauntea, Bori. ¿Eres tú? Entrad, entrad, chiquillos", dice la anciana invitando a la compañía a unirse mientras un mozo atiende a los caballos.