Todos
A petición de Bori, que murmura entusiasmado a su tía las mil aventuras vividas junto a la banda de Rachel, Mari le tiende una llave a María. En realidad, no es solo una: reciben cinco llaves, ocupando por completo las cinco habitaciones de la última planta.
Mari se queda un instante inmóvil al ver entrar a un enorme huargo acompañado de un unicornio. Al principio duda; no sabe si aquella criatura de leyenda es un ser sintiente o simplemente un caballo con un exceso de monería. Pero los ojos de Bailey no dejan lugar a dudas, ni tampoco los de King, que implora permiso tendiéndole la pata como si fuera un perro de tamaño normal.
La pata de King es más grande que la anciana gnomo entera, y el gesto consigue asustarla por un momento. Luego, sin embargo, Mari rompe a sonreír y acaricia el aire con cariño.
"Eres un buen chico. Puedes entrar", dice al fin. "Los amigos de Bori siempre serán bien recibidos en esta casa."
Bori abraza a su tía con fuerza.
"Te he echado de menos, tía Mari. ¿Cómo está el tío Bófir?"
"¿Tu tío? Como siempre", responde ella con una sonrisa resignada. "En su fragua o inventando algo que…"
"Algo que explota… ¡como debe ser!", la interrumpe Bori, animado.
Mari niega despacio, divertida.
"Sois tal para cual, hijo mío. Anda, ve a ver a tu tío. Se alegrará de verte. Y llévate esto", añade, tendiéndole una caja de galletas.
Bori la acepta con una sonrisa agradecida y, antes de marcharse, se gira hacia Rachel y Milly.
"El sacerdote está cruzando la plaza, a mano izquierda. Subid las escaleras hasta el promontorio. No tiene pérdida", les indica, antes de encaminarse hacia el taller de su tío.