Todos
Manrique coge el cuerno del capitán de Valls —una réplica exacta del que porta Rachel— y lo hace sonar con fuerza.
El bramido grave atraviesa el patio como un golpe de trueno.
Durante un instante, la escaramuza se detiene. Espadas a medio alzar. Arcos suspendidos. Respiraciones agitadas contenidas por pura inercia.
El veterano soldado alza la voz.
"¡Deponed las armas! Os lo ordena vuestro capitán. Este baño de sangre debe terminar."
"Pero, señor… ", jadea Gaio, frente a Ronan. "Están agotados. Tenemos más hombres fuera. Podemos derrotarlos."
Manrique lo observa con una mezcla de cansancio y decepción.
"¿Y luego qué, Gaio? ¿Volver a Valls… y seguir obedeciendo al barón como si nada hubiera ocurrido?"
"¡Es un traidor! ¡El sacerdote tenía razón!", grita otro soldado, tras Manrique.
Manrique gira despacio hacia él.
"Estás en lo cierto. Soy un traidor."
Hace una breve pausa.
"Un traidor al barón."
Apoya la mano sobre el cuerno.
"Pero fiel a la gente de Valls. ¿Es eso un crimen, Patronio?"
El soldado duda. Baja la mirada.
Manrique inspira hondo antes de continuar.
"Vosotros conocéis como yo la historia de esta tierra. De cuando Valls era parte del Gran Ducado de Arcata, dentro del reino de Damara… antes de que los títulos empezaran a venderse como mercancía."
Manrique señala las ruinas que los rodean.
"¿Sabéis dónde estamos ahora mismo?"
Nadie responde.
"En los antiguos dominios de la Casa Barcino."
Un murmullo recorre el grupo.
"Los Barcino eran los siguientes en la línea de sucesión del ducado. Una casa decadente, sí… pero legítima. Y, curiosamente, desaparecieron justo cuando cierto mercader con demasiadas monedas y demasiados amigos necesitaba un título."
Su mirada se endurece.
"Y ahora mirad bien dónde estamos luchando."
Hace un gesto amplio hacia los muros caídos, las torres vencidas, el barro devorándolo todo.
"En la casa de la familia que debía haber gobernado Arcata… y que alguien se encargó de borrar del mapa."
Algunos soldados se miran entre sí. El nombre pesa.
"Es una lástima que no quede ninguno de ellos."
Su voz se apaga un instante.
"Habrían sido una bandera perfecta bajo la que reunir a Valls contra el usurpador."
Silencio.
Entonces…
Una risa suave, baja, casi divertida. Morvan da un paso al frente.
Esa sonrisa suya —inquietante— aparece lentamente en su rostro.
"Tal vez no sea tan absoluta esa lástima, capitán."
De entre sus ropas saca un objeto antiguo, gastado por el tiempo. Un medallón de plata ennegrecida.
Lo abre.
En su interior brilla el escudo inconfundible de los Barcino: el huargo rampante sobre torre quebrada. Un murmullo recorre a los soldados.
"Me llamo Morvan Barcino", dice con calma. "Hijo de Aurelian Barcino, último heredero legítimo de esta casa."
Alza entonces la calavera que cuelga de su cinto. La acaricia con una ternura extraña.
"Y éste… fue mi padre."
Un suspiro colectivo recorre el patio. Las armas bajan todavía más. Algunos soldados cierran los ojos, como si una vieja herida acabara de abrirse… y empezar a sanar.
Manrique lo mira, incrédulo.
"Eso es… imposible…"
En ese momento aparecen Elian y Hano por uno de los arcos derruidos. El mago se detiene al ver el medallón. Se acerca despacio, lo toma entre sus dedos, murmura unas sílabas antiguas. La plata vibra levemente.
Elian alza la vista.
"Es auténtico."
Mira a Morvan con respeto.
"El linaje es verdadero."
Manrique exhala como si llevara años conteniendo el aliento. Da un paso al frente. Luego… clava una rodilla en el suelo. Hace un gesto.
Uno tras otro, los soldados de Valls se arrodillan.
"Señor Barcino", dice con voz firme. "Os pido que nos lideréis. Deponed al usurpador. Reclamad la baronía que os pertenece… y devolved a Valls un gobierno legítimo."
Morvan observa la escena en silencio. Mira a Manrique. Mira a los soldados. Mira las ruinas de su casa. Luego alza la calavera.
"Ése era el sueño de mi padre."
Sus dedos recorren lentamente el hueso.
"Vengar a su familia. Recuperar el ducado. Restaurar el nombre Barcino."
Sus ojos se apagan un poco.
"Pero no es el mío."
Levanta la mirada.
"Mi camino es otro. El de la sabiduría arcana… y de cosas que no pertenecen a tronos ni a títulos."
A unos pasos, Elian suspira para sí, casi sin darse cuenta.
"Curioso mundo…". murmura. "Un heredero legítimo que renuncia al poder político por el arcano… y un mago que sólo quiere cultivar nabos en Secomber."
Manrique baja la cabeza, abatido.
Entonces Morvan continúa:
"Pero lucharé con vosotros."
Alza un poco la voz.
"Y cuando el tirano caiga… no reclamaré la baronía."
Se oyen respiraciones contenidas.
"Ordenaré que se constituya un Consejo Municipal de Valls. Que gobierne la ciudad y sus tierras en nombre de su gente."
Se vuelve hacia Manrique.
"Y que todas las tierras del sur de Damara se unifiquen de nuevo…"
Una leve sonrisa aparece.
"No como ducado. Sino como la Liga del Sur de Damara. Un gobierno de ciudades libres. Sin barones comprados. Sin títulos heredados a sangre."
Silencio absoluto.
Luego, muy despacio… Manrique sonríe. Y esta vez no hay cansancio en sus ojos.
"Entonces…", dice, "no nos arrodillamos ante el barón."
Se pone en pie.
"Nos arrodillamos ante nuestro libertador."
Y en medio de las ruinas de los Barcino, por primera vez en décadas, no se alza un estandarte noble… Sino la promesa de algo nuevo.