Todos
La Compañía del Unicornio se detiene.
Dudan.
No mucho. No en voz alta. Pero lo justo para que el mundo empiece a decidir por ellos.
Los muertos siguen avanzando. Ya no solo desde el promontorio. También por el otro extremo del sendero. Ambos flancos, ahora cerrados.
Caminan lentos, desiguales, pero sin pausa. Como si no necesitaran correr. Como si ya supieran que no hay salida.
Las figuras oscilan entre lápidas, cruzan el sendero con los brazos bajos, el torso ladeado, la cabeza caída como si aún buscaran algo.
El sonido es mínimo. Solo el roce de pies secos en tierra blanda. Y esa cadencia constante. Como una oración mal pronunciada.
Detrás de ellos, la celda de Rynne Arvell arde ya sin contención.
Lo que fue una llama tímida es ahora un brasero furioso.
El fuego lame el techo con lenguas rojas, devora las vigas, arrastra consigo el aire.
Y luego, con un sonido hueco, casi seco, el tejado cede.
Se desploma hacia dentro como un pecho que se hunde.
Chispas vuelan. El humo sube, negro y espeso, extendiéndose sobre el cementerio como un manto sin nombre.
La losa donde estaba el cuerpo de Rynne queda oculta bajo los escombros. Y mientras la llama ruge, los muertos siguen cerrando el paso.
Y la decisión ya no es entre luchar o huir.
Es entre avanzar… o quedar atrapados en la historia que otro ha escrito para ellos.