Todos
La noche se instala sobre la cabaña como un pensamiento que no termina de formarse. La lluvia cae sin convicción, sin dirección, como si no supiera por qué sigue cayendo. No hay un ritmo; sólo el sonido indistinto de algo que insiste en existir.
Milly y Pizz ocupan el primer turno. Permanecen bajo el alero desplomado, observando un paisaje que no ofrece nada a cambio. No hay luces, ni movimiento, ni siquiera el rumor de un animal en la maleza. Pizz mastica algo que no parece mejorar con el tiempo; Milly mira hacia el bosque con una concentración que no tiene un objetivo claro. La oscuridad, allí donde comienza, parece observarlos con una paciencia que resulta difícil de justificar. No sucede nada. Pero la nada tiene un peso, una textura.
El segundo turno lo toman Ronan y Elijah. La noche para ellos no es la misma: tiene una densidad distinta, como si estuviera hecha de un material más espeso, más antiguo. Hay una bruma baja que avanza sin dirección, rozando el suelo como si buscara algo que ellos no pueden ver.
King duerme, pero su sueño es una farsa; mantiene un ojo entreabierto, atento a un silencio que no le gusta. No hablan. No por prudencia, sino porque la noche dicta sus reglas. Entonces, dos lobos aparecen entre los árboles. No llegan a mostrar los cuerpos completos: sólo insinuaciones, sombras que se recortan en un punto donde la mirada humana ya no funciona. Observan sin prisa, con la calma de quien se sabe parte de algo más grande que el instante. King gruñe, y los lobos retroceden sin ruido, como si obedecieran una orden que nadie ha dado. Desaparecen. El mundo se cierra de nuevo. Como si nada hubiera ocurrido.
Cuando llegan Rachel y Thorian, la lluvia se vuelve otra cosa. Sigue cayendo, pero ya no es la misma lluvia. Es más fina, más dispersa, como si viniera de distintos lugares a la vez. El bosque parece recuperar su voz. Y la voz no es amable. Hay crujidos lejanos, pasos que no encajan con la distancia desde la que parecen oírse, el roce de algo contra la corteza de un árbol que no está cerca ni lejos, sino en un punto intermedio imposible de determinar. La cabaña respira. El bosque también. Rachel revisa su guitarracha con un gesto tranquilo que no engaña a nadie. Thorian afina el oído, como si buscara algo.
Los sonidos siguen llegando, uno tras otro, ninguno definitivo, ninguno amenazante, pero todos desconcertantes. No ocurre nada. Nada concreto.
Hacia el final, cuando la oscuridad comienza a retirarse —no porque quiera, sino porque la mañana la empuja—, queda una sensación tenue, persistente. La idea de que han sido observados. Y de que lo que los observaba no tenía ninguna prisa por decidir qué hacer con ellos.
King recupera 1pto de vida, el resto recupera 1pto de maná y se resetean los hechizos.