Todos
A la mañana siguiente, con una llovizna fina, el grupo se adentra en el bosque. La luz, pálida y desganada, apenas consigue filtrarse entre las ramas inclinadas por el peso del agua.
Los pasos se amortiguan en la tierra húmeda. Todo suena demasiado cercano.
Pronto surge la sensación, primero sutil, luego insistente, de que no avanzan solos. Hay algo detrás, siguiendo sus huellas con un ritmo irregular, como si no quisiera —o no pudiera— imitar el compás humano.
Una rama se quiebra donde nadie ha pisado. Una sombra se repliega antes de existir del todo. Algo se mueve entre los helechos con la suavidad de un pensamiento indeciso.
El follaje tiembla. Un cuerpo pequeno, o quizá agazapado, se esconde allí, conteniendo la respiración del mundo. Las gotas resbalan por las hojas como si intentaran no hacer ruido.
Hasta que, finalmente, la sombra entre los arbustos decide tomar forma.
Un hombre emerge del follaje con las manos en alto. Es mayor, y su cuerpo conserva apenas la sombra de lo que debió ser en otra vida: ancho de hombros, fuerte, alguien que pudo cargar troncos o manejar armas sin esfuerzo. Ahora, sin embargo, el bosque le ha vaciado de toda gallardía. Sus dientes, podridos y separados, asoman en una sonrisa rota. La barba, descuidada y húmeda, muestra calvas irregulares; lo mismo su cabello ralo, pegado al cráneo.
Aun así, hace una reverencia formal, como si estuviera ante nobles o visitantes de importancia.
Con voz empañada por el frío y el tiempo, se presenta:
"Soy Hrold Varensson, escáldo errante de las tierras de Narthdal, donde el río divide los campos entre Valls y el Vado de Cárpatos."
La sonrisa se ensancha, demasiado. Demasiado confiada para un hombre que parece no tener nada. Demasiado vacía para alguien que pretende ser simplemente un trovador del camino.
